Opinión | A pie de tierra

Contra la soledad

Según la información hecha pública por la Fundación Española para la Prevención del Suicidio, en 2022 se quitaron la vida en España 4.227 personas, un 5,6% más que en el año anterior; el mayor número jamás registrado, en aumento imparable y consecutivo durante los tres últimos años contabilizados. Ello supone una tasa de 8,85 muertes por cada 100.000 habitantes, con un porcentaje muy superior entre hombres (74%) que entre mujeres (26%), si bien esa diferencia se acorta entre niños y adolescentes. El suicidio es la causa de muerte no natural más importante de España, casi dos veces y media por encima de los accidentes de tráfico.

Con ser dramáticos estos datos, llama la atención que en 2022 acabaron con su vida 1.679 españoles mayores de sesenta años (1.246 hombres frente a 433 mujeres), número que representa casi un 42% del total absoluto. Cifras escalofriantes e indicativas de que algo falla en la gestión personal de ese último tramo de la vida, ante el que muchos se rinden faltos de recursos, económicos, familiares y emocionales; en especial los hombres, a todas luces con menos capacidades que las mujeres para enfrentar los mil y un menoscabos y limitaciones que, habitualmente, trae aparejados la vejez.

Vivimos en una sociedad hedonista y epicúrea, que ha hecho del ‘carpe diem’ y la juventud dos máximas determinantes, obviando que todos, o casi todos, acabamos envejeciendo. El proceso vital que desemboca en la ancianidad acarrea incontables pérdidas, renuncias y limitaciones físicas y mentales, pues no siempre es fácil acompasar la evolución de la mente, por regla general en plenitud (aunque no siempre), con el decaimiento y deterioro del cuerpo. No todo el mundo está preparado para asumir el proceso de acabamiento que representa esta etapa vital, y las respuestas varían en función de cada uno y cada contexto. Los hay que se lanzan a viajar, cantar y bailar; otros se cosen estérilmente a cicatrices para estar más monos, y no faltan quienes entran en una fase nueva de aprendizaje, como ocurre con los alumnos de la Cátedra Intergeneracional de la UCO. No obstante, uno de los efectos colaterales más impactantes que suele acarrear el cumplir años es la soledad. Los hijos hacen su vida, los amigos se empiezan a morir, a veces falta la pareja, y es fácil quedarse descolgado de un mundo que evoluciona demasiado deprisa y no siempre se entiende ni se comparte, lo que descoloca aún más. Un mundo, además, en el que cobra fuerza creciente cierta gerontofobia, que considera a las personas mayores un estorbo y tiende a orillarlas sin caer en la cuenta que media Europa se encuentra ya en esta situación. ¿Por qué nadie repara en el tesoro de experiencia y sabiduría que la edad incorpora?

Urgen políticas preventivas que incidan en la población adolescente y de más edad; que contemplen la formación y el apoyo a educadores, familiares y profesionales sanitarios; que incrementen los recursos y hablen sin tapujos del suicidio para evitar estigmas; que ayuden a las personas a aceptar el paso del tiempo y les hagan ver que con la jubilación entran en una etapa diferente, con más tiempo para leer, ir al cine, pasear, viajar, hacer ejercicio o disfrutar de la vida; que potencien las relaciones y faciliten instrumentos y espacios para que unos y otros no se sientan aislados y puedan hablar, conjurar sus demonios o deleitarse con la cultura. En palabras del Observatorio del Suicidio en España, nadie que es feliz se suicida; quien lo hace no quiere dejar de vivir, quiere únicamente dejar de sufrir. Ése es el drama.

*Catedrático de Arqueología de la UCO

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