Opinión | A pie de tierra

Dieta y aceite de oliva en el mundo antiguo (XI)

En estos alfares se fabricó preferentemente un ánfora de forma globular y unos 30 kilos de peso (Dressel 20), que podía acoger 70 litros de aceite

El núcleo principal de obtención del aceite bético se localizaba en el Valle Medio del Guadalquivir, donde menudearon los centros productores de ánforas olearias, que buscaban la cercanía de los embarcaderos a fin de evitar traslados innecesarios de los recipientes, muy pesados y voluminosos. Lo que se movía era el propio aceite, en odres. Los sellos dispuestos sobre aquéllos documentan un mínimo de 100 alfares (figlinae) y 250 alfareros. Es frecuente, de hecho, observar en los cortados del río baterías de hornos integrados en amplios complejos de hasta 20 hectáreas (como La Catria, en Lora del Río), que solían incluir ámbitos de trabajo, hábitat, almacenaje y necrópolis. La información de la arqueología, contrastada con el estudio de las ánforas recuperadas en Roma, sus sellos y tituli picti (datos pintados sobre sus paredes), permite saber por ejemplo que el alfar del cortijo del Temple, en Palma del Río, produjo en los últimos años del siglo I d.C. una gran cantidad de contenedores cerámicos para Caius Marius Silvanus, que aparece en los sellos del monte Testaccio como Marium.

En estos alfares se fabricó preferentemente un ánfora de forma globular y unos 30 kilos de peso (Dressel 20), que podía acoger 70 litros de aceite. Su enorme panza y su sorprendente ergonomía permitían una perfecta impermeabilización del producto, un fácil transporte y un funcional apilamiento en las bodegas de los barcos encargados de trasladarlas por todo el Imperio. Estas naves las conocemos bien, tanto por los pecios como por las representadas en relieves y mosaicos, muy abundantes en el puerto de Ostia, donde recalaban la mayor parte de ellas. Solían ser de mediano calado, con uno o dos mástiles y a vela, y cargar hasta 10.000 mil ánforas, dispuestas en sus bodegas mediante un efectivo sistema de colocación que permitía encajar los fondos de unas entre las bocas de la fila inferior; en total, entre 150 y 200 toneladas por singladura. Tras llegar a Roma, las ánforas vacías se convertían en un grave problema: no podían ser reaprovechadas para otro fin (el aceite las inutiliza) ni tampoco ser devueltas a su lugar de origen, y, si se tiraban sin más, en pocos días se convertían en focos de malos olores e infección, al pudrirse los restos de aceite impregnados en sus paredes. Había, pues, que diseñar un basurero ad hoc, y así surgió el Monte Testaccio, junto a la margen derecha del Tíber: hoy una colina artificial preñada no sólo de ánforas, sino también de mil y una leyendas y vicisitudes históricas, al haber desempeñado un papel de enorme interés en la vida de la ciudad. Allí se celebraron hasta el siglo pasado carnavales, orgías y fiestas populares ligadas a la vendimia; sus laderas sirvieron para la construcción de cuevas en las que curar el vino, y el monte fue sede de uno de los vía crucis de más tradición en Roma. Todo ello incrementa el valor romántico del sitio.

Al Testaccio sólo llegó una parte más o menos significativa de las ánforas olearias procedentes de la Bética, saqueadas sin parar hasta el siglo XVIII o desintegradas por los cañonazos de los artilleros vaticanos, que se ejercitaban contra la cara oriental del monte. Otras muchas encontrarían destinos diferentes o se desperdigarían por el camino, reutilizadas también como eficaz material constructivo. Según E. Rodríguez Almeida, se habrían perdido más de 13 millones de recipientes, lo que dispararía las cifras del comercio de aceite hispanobético en época romana hasta un volumen difícil de dimensionar incluso en nuestros días.

*Catedrático de Arqueología de la UCO

Suscríbete para seguir leyendo