Opinión | Palabras para Andrómina
Lo kafkiano
Quién le iba a decir a Franz Kafka que su obra literaria, la publicada y la que no, le iba a proporcionar una posteridad universal
El 3 de junio de 1924 murió Kafka y comenzó lo kafkiano. Debido a su uso generalizado, la significación de palabras como surrealista o kafkiano, se ha degradado de tal manera que poco tienen que ver con su significado original. Y además han sustituido a otras como rocambolesco, cuyo uso ha desaparecido prácticamente.
Quién le iba a decir a Franz Kafka (su apellido significa «grajo» en checo), aquel oscuro oficinista -¿todos los oficinistas son oscuros?-, de una mutua de accidentes de trabajo de la Praga de entreguerras, que su obra literaria, la publicada y la que no, le iba a proporcionar una posteridad universal. Aunque no todo el mundo haya leído sus libros sí saben que lo kafkiano se refiere a situaciones enrevesadas de matiz burocrático o difícilmente solucionables. Ejemplos actuales sobran, como por ejemplo la cita previa obligatoria en la Administración pública.
Porque la literatura de Kafka es en sí misma kafkiana y valga la tautología. Una literatura que hace referencia al desvalimiento del individuo ante poderes ignotos, ante fuerzas que se le escapan. Es la situación del individuo de ‘El castillo’, pero sobre todo de ‘El proceso’, esa obra inacabada y póstuma.
Más que Proust o Joyce, es Kafka quien funda la modernidad en la literatura y deja una estela por ahora interminable. La literatura de Kafka es una mirada al interior que refleja un afuera incomprensible, inasible. El arte es la conciencia de la desgracia de sentirse en ese afuera del mundo. Ahí concreta la modernidad más perdurable. Proust y Joyce cambiaron la literatura, pero como punto de llegada, punto y aparte. No se podía volver a transitar por esos caminos. Kafka, sin quererlo, abre las puertas a caminos inescrutables. Y esa modernidad que caracteriza a Kafka es la desesperación del hombre actual, sin Dios, sin utopías, sin esperanza y casi sin ética a la que agarrarse para poder sobrevivir. Huye no «de la muerte, sino del eterno tormento de morir».
La obra de Kafka es la de la soledad del ser humano ante un mundo que no entiende, o que quizás entiende demasiado bien. Ese tema de la soledad, presente en toda su obra, se escenifica sobre todo en la emblemática ‘La metamorfosis’ (prefiero este título al que ahora se usa y seguramente más correcto de ‘La transformación’) donde Gregorio Samsa se metamorfosea para huir de la realidad, en una especie de sueño que le lleva a la muerte. Pero la inseguridad de Kafka le lleva a afirmar en su diario, una antipatía hacia ella cuando esbozaba su angustia ante el oficio de escribir: «Me parece mala; tal vez esté definitivamente perdido». Seguidor de Goethe y Flaubert, en Kafka se simboliza el fracaso del arte como justificación de la vida. La desnudez del ser humano consiste en exigirle a ese ser humano individual un comportamiento sin fin ninguno. No por qué, sino ¿para qué vivir? podría ser su lema. Su relación con la escritura es paradójica. Por un lado, se angustia ante el hecho de no escribir, pero al tiempo, cuando escribe, ese consuelo no es sino ilusión. La literatura es liberación, pero también tormento. Para Kafka el escribir sólo lo conoce «en esas noches en que la angustia nos atormenta al borde del sueño». Pero también la literaria ilumina su vida de esa soledad, de ese tiempo de desamparo como diría Hölderlin.
Precursor del surrealismo e incluso del posterior posmodernismo en el sentido de no admitir reglas, Kafka es la ruptura del pensamiento y del individuo pensante.
*Médico y poeta
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