Opinión | Caligrafía

Última lección

Aprendemos de nosotros mismos con nuestros hijos, por tenerlos y por criarlos, y en justicia les devolvemos lo aprendido. Hay una transferencia, desde la forma de hablar a los gestos o a interpretar los corazones. Hay una supervivencia de mucho, hay una forma concreta de usar la vida, de tocarla como si fuera un instrumento, de reconocer la misma técnica durante milenios. Pero la vida termina. La vida, que es corta, queremos que sea lenta para los vivos. La muerte, inapelable, queremos que sea rápida. ¿Cuánto podemos llorar a un padre? Según el código civil, 9 días: hasta pasado tal plazo no puede irse contra el heredero para que acepte o repudie la herencia. En nuestros rituales, la semana de la muerte a la misa. La muerte del padre atrapa como un agujero negro, inyecta lentitud, pero todo gira veloz y exigentemente. No llores, supéralo, come, duerme, toma pastillas, ordena, tira, liquida impuestos, vive, vive, vive tú. La muerte atrae fuertemente a los deudos, pero extingue pronto su magnetismo, y literalmente los hijos albergan una dosis de muerte, un órgano muerto de pronto. Siete días, y la soledad y el silencio, y por fin la muerte desnuda y descubierta, esperando su atención. No sabemos qué secretos propios aprendemos al nacer nuestros hijos, ni cuáles descubrimos al morir nuestros padres. Pero están, hermosos y terribles. Están. Ojalá cuando falte mis hijos encuentren en mi recuerdo, entre la pena, vetas de felicidad que picar. Es la última lección de los padres: ser un material valioso que los hijos pueden ya usar libremente hasta el final, para ungirse y sanar.

*Abogado

Suscríbete para seguir leyendo