Opinión

José Luis Pineda Requena

'Tabernero', Finito y los espejos rotos

Han pasado treinta años de una tarde histórica en la plaza de Los Califas que aún está en el recuerdo

Finito y 'Tabernero', el  28 de mayo de 1994 en la plaza de toros de Los Califas de Córdoba.

Finito y 'Tabernero', el 28 de mayo de 1994 en la plaza de toros de Los Califas de Córdoba. / FRAMAR

Han pasado treinta años de aquella tarde de Tabernero y Finito y treinta años son muchos para un recuerdo. Es muy difícil que algo pueda sujetarse a la memoria después de tanto tiempo, pero aquello lo hizo. Tabernero, de Gabriel Rojas, en las manos de Finito y el arte magno de la Tauromaquia desbordando el albero y alcanzando los tendidos de una ciudad que creía haberlo visto todo, pero no. No tal. Lo que sucedió fue tan irreal que ahora ya no sabemos muy bien si lo vivimos, o tal vez lo soñamos. Decía con mucho tino Jorge Luis Borges que "…somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos…".

Tabernero significó muchas cosas más allá de la sublimación del toreo por parte de Finito, fue un momento solemne en el que la vida se abrió paso entre la muerte por primera vez en el coso de Los Califas. Un torero nos enseñaba a los que entonces éramos jóvenes que todo era posible en los vuelos de su capote, cuando él templaba la bravura de Tabernero con su mano izquierda, cuando traducía sus acometidas, nobles, repetidas, en la danza eterna del toreo, Finito nos enseñó la fragilidad y la durabilidad del sueño. A los que ya eran mayores les devolvió el asombro, los puso frente a todos sus recuerdos, frente a todas sus tardes de toros, que desfilaron en aquel momento, una tras otra, en el instante inacabable que duró la faena. Aquello sucedía mientras todos los que allí estábamos, jóvenes y viejos, nos mirábamos en una mezcla de sorpresa y admiración, de irrealidad, de locura, agradecidos por ser testigos directos de aquel acontecimiento, que marcaba un tiempo nuevo: el último de los califas estaba redimiendo a la muerte en Córdoba con la pureza única de su toreo. La historia empezaba a escribirse en letras mayúsculas: se respiraba el arte, la emoción, el sentimiento. Se cincelaba la memoria.

Tabernero, lo que Finito hizo con Tabernero, marcó un hito indeleble. Vino después otro indulto con un nombre más amable, Bondadoso, y vinieron otros muchos triunfos, puertas grandes, incontables tardes de gloria. Vinieron otras muchas faenas, quién podría decir, aunque suene absurdo, que mejores, así es el realismo mágico que construye el toreo de Juan Serrano. Sobre aquella piedra de Tabernero se construyó una historia increíble de complicidad y arte, ya no se podía entender a Córdoba sin Finito, los califas hicieron sitio. Vino también el tiempo inmisericorde y el olvido de algunos empresarios a los que tal vez el nombre de Tabernero les resulte ajeno, la ingratitud latente, y alguna Feria sin Finito, una cuestión que, por ridícula, resulta inexplicable.

Pero Tabernero y Finito siempre estarán en ese museo quimérico de espejos rotos que conforma la memoria de quienes lo vieron aquella lejana tarde de hace treinta años, o de todos aquellos que, sin estar presentes, también pudieron verlo en la fascinación de quienes tantas veces lo ha contado. Qué bonito es recordarlo todavía, aquel sol de mayo, el pañuelo naranja, la suerte suprema dibujada con una banderilla, aquel beso en la testuz. El torero inmenso al que aún hoy podemos ver como si los años no hubieran pasado, como si el ayer fuera siempre, con su camino recorrido, con el califato esperándolo, con su toreo onírico que no entiende de tiempo ni de ausencia