Diario Córdoba

Diario Córdoba

Miguel Ranchal

La cláusula del meteorito

Junqueras alardea con su amortizada amnistía que España casi no hizo ninguna cosa bien

En este batiburrillo de negociaciones previas a la investidura, faltaría por parte de los independentistas incluir una cláusula modal: en el supuesto de que un asteroide colisionara catastróficamente sobre la Tierra, diez segundos antes del impacto el Reino de España asumiría la secesión de Cataluña. Se habla de que el asteroide Apofis tendría una probabilidad relativamente alta de colisión contra nuestro planeta en el año 2036. Para desgracia de algunos de los más incondicionales de los Comités de Defensa de la República, esta posibilidad de impacto se ha rebajado a una entre cuarenta y cinco mil. Aunque, vistas su escasa capacidad de inmolación, se sentirían a gusto simplemente especulando con esa posibilidad, relamiéndose en que, tras la inexistencia derivada del colapso, oficialmente dejarían de ser españoles.

Un meteorito podría ser la solución, la nada que lo rasea todo y que relativiza estas papanatadas que nos desangran y que se convierten en el pan nuestro de cada día. En prevención de riesgos laborales, la diferencia entre riesgo y peligro la definen dos cuestiones claves: la inminencia y la gravedad. Muy pocas veces he empatizado con los criterios del señor Aznar, con ese arquetipo de sus botos puestos encima de una mesa tejana y el impostado acento chicano. Pero en esa extrapolación preventiva la inminencia no se sitúa en las estrellas, sino en el principio de solidaridad interterritorial consagrado en el principio 138 de la Constitución, por no hablar de esa igualdad tan zarrapastrosamente tratada por unos y por otros. La igualdad que se deshilacha por derivar los hechos diferenciales en privilegios; por llevar las distintas velocidades al mapa de las rentas. Precisamente, los que más piden son los territorios más pudientes; la cuestión identitaria a la que tanto le incomoda la cohesión, tan propicia a abonar mezquindades.

Hay consenso en el riesgo, pues hasta los más incondicionales del señor Sánchez apenas pueden ocultar que están celebrando un picnic en medio de un estanque de cocodrilos. Pero Aznar se reserva el argumentario del peligro para encasquetárselo al presidente en funciones. Valoro mucho la audacia como un activo político, acaso porque históricamente la prudencia en este país se ha asociado excesivamente con la querencia a enrocarse. De aquella está sobrada el señor Sánchez, pero para todo hay límites, más aún cuando se juega a fraccionar un país.

Hay que tener muchas tragaderas para articular este repentino viraje hacia una amnistía cuya única retroactiva premeditación --acaso no sea mía la incoherencia-- ha sido un puñado de votos. Con todo, lo más grave es apadrinar esta liturgia de la humillación. La parroquia ‘indepe’ jalea este discurso de jactancia, como si la cabeza de España hubiese sido enarbolada en una picota. Junqueras alardea con su amortizada amnistía que España casi no hizo ninguna cosa bien, obviando como un tahúr los mecanismos del Estado de derecho. Y Puigdemont se siente un gato que juguetea con un apresado ratón, pues en esa lista en la que ya ronda la familia Pujol solo faltaría indultar al pulpo del Scattergories. Hasta se ha impuesto un relator internacional para templar desconfianzas. Relator que rima con Condemor, perdonen la chanza, pero nos teníamos por un país serio. Que intenten imponérselo a Francia o Alemania, a ver lo que ocurre.

Extraño este panegírico de la convivencia, cuando un futuro vuelco electoral propicie un victimismo que para muchos se antoja irreversible. Este histrionismo se les está yendo de las manos a los propulsores de este dislate. En mayo del 68, los estudiantes pedían la luna. Tengo la sensación de aquí vamos para atrás, pues lo único que falta exigir es la cláusula del meteorito.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

Compartir el artículo

stats