Diario Córdoba

Diario Córdoba

Antonio Gil

para ti, para mi

Antonio Gil

Cipreses y catástrofes: «Hacer lo que se puede»

El hombre nunca es del todo impotente, siempre tendrá dos manos para seguir luchando, un corazón para seguir amando

Alguien ha dicho que «la guerra en curso hace aún más clara la transición de la época de las crisis, a la época de las catástrofes». La catástrofe se perfila como la plasmación misma de nuestro tiempo. Lo que se derrumba es la posibilidad de comprender lo que está ocurriendo, de darle una forma, un significado global. Antes, era más fácil, aplicando la lógica y restableciendo el orden. Pero hoy, no. Hoy se han roto en mil pedazos todas las reglas de juego. Hoy en día, el orden está definitivamente fuera de nuestro alcance, es literalmente inconcebible. Lo que vivimos, después de la pandemia, es un periodo de un caos que ya no se puede ordenar, el periodo de la ausencia de orden, de un orden que se ha vuelto impronunciable. Y para colmo, hasta la propia naturaleza lanza sus gemidos en forma de catástrofes naturales, enfurecidas e inesperadas. Las preguntas se plantean por sí sola: «¿Qué debe hacer el hombre frente a la catástrofe? ¿Qué hacer cuando parece que no hay nada que hacer porque todo en torno a nosotros, -en nuestro cuerpo o en nuestra alma-, parece que se derrumba? ¿Qué hacer entonces? ¿Volverse a Dios gritando? ¿Desesperarse arañando el aire? ¿Llorar y llorar?·. Quizá, aparentemente, todos sigamos tan tranquilos. Pero no es cierto. Es esta una cuestión que angustia a muchos. Porque no es infrecuente que un hombre se encuentre en esa tierra de nadie: o por una catástrofe física que nos aterra, o por uno de esos grandes dramas interiores que parecen remover la tierra bajo los pies de nuestra alma. Me viene a la memoria aquella situación que vivió el padre Arrupe, jesuita, cuando se encontró en 1945 en medio de la más espantosa catástrofe que hasta entonces había conocido la Humanidad: la explosión de la primera bomba atómica sobre Hiroshima. Aquella mañana, cuando el futuro general de los jesuitas acababa de decir su misa, una luz desgarradora redujo a cenizas la ciuad y produjo en poco minutos más de doscientos mil muertos y heridos. Nadie entendía nada. Nadie sabía de dónde venía aquella fuerza destructora. Sólo veía que la ciudad había sido reducida a cenizas y sabía que, sin duda, junto a los muertos habría millares, decenas de millares de heridos. ¿Qué hacer? ¿A dónde acudir? La primera reacción del cristiano padre Arrupe fue acudir a la capilla que estaba, tambien ella, medio destruida. Su corazón se llenó de preguntas: ¿Por qué Dios aceptaba, toleraba esto? Y esta fue la respuesta que se dio a sí mismo: «Por todas partes muerte y destrucción. Nosotros aniquilados en la impotencia. Y Él allí, conociéndolo todo, contemplándolo todo, y esperando nuestra invitación para que, juntos, tomásemos parte en la obra de reconstruirlo todo». El padre Arrupe acertaba: Dios ha dejado el mundo en manos de la libertad de los hombres. Él no fabrica bombas atómicas; soporta que los hombres llevemos a esa locura nuestra libertad. Y lo conoce. Y sufre por ello más que nosotros. Y está ahí, esperando que lo invitemos a la única respuesta válida ante el dolor y la catástrofe: poner junto a Él las manos para reconstruirlo todo. Por eso, el padre Arrupe no perdió su tiempo en hacerse preguntas, o en inútiles lamentos, o en una esterilizante desesperación. Hizo lo único que podía hacer. ¿Pero es que se podía hacer algo frente a aquella catástrofe? ¿No sería una gota en un mar cualquier acción de cualquier pobre humano frente a aquel mundo que se hundía? «Salí de la capilla, dice el padre Arrupe, y la decisión fue inmediata: Haríamos de la casa un hospital. Me acordé de qie había estudiado Medicina. Años lejanos ya, sin práctica posterior, pero que, en aquellos momentos, me convirtieron en médico y cirujano. Fui a recoger el botiquín y lo encontré entre ruinas, destrozado, sin que hubiera en él aprovechable más que un poco de yodo, algunas aspirinas, sal de frutas y bicarbonato. Es decir: nada. Pero con este nada se construyó el primer hospital improvisado de Hiroshima».

En esta crisis de catástrofes y guerras, aparecen los cipreses de los cementerios, señalando las alturas. Y nos dejarán quizá la tenue luz de una esperanza desconocida: Las catástrofes no podrán reducirnos a la impotencia. El hombre nunca es del todo impotente, siempre tendrá dos manos para seguir luchando, una fuerza para seguir esperando, un corazón para seguir amando. Es decir, todo menos la amargura, todo menos la desesperación, todo menos el grito estéril dirigido a los cielos, en los que hay alguien que espera que le invitemos a participar en la tarea de reconstrucción. Porque esta es la gran verdad: todo, todo lo destruido puede ser reconstruido por un ser humano valiente. El papa Francisco nos ha regalado esta reflexión para el dia de Todos los santos: «Así son los santos: respiran como todos nosotros el aire contaminado por el mal que existe en el mundo, pero a lo largo del camino nunca pierden de vista las huellas de Jesús gracias a las bienaventuranzas, que son como un mapa de la vida cristiana».

*Sacerdote y periodista

Compartir el artículo

stats