Diario Córdoba

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Juan Enrique Redondo Cantueso

Besos

Después de un verano con el traído y llevado beso, y lo que nos queda, llega el momento de expresar, si se puede, lo que de verdad significa un beso.

Un beso no se da, se vive. Un beso no se pide, surge (de mutuo acuerdo), se comparte. Un beso no es uno, suele venir en grupo. El beso es un hecho cultural, distinto según el país, pero siempre con un porqué. Hay besos de Judas, de abuela, de Hollywood, de funeral, de cumplo y miento, de despedida, pero los mejores son los de una madre. Los de una madre no requieren consentimiento. Parece que vienen como el viento, no se sabe de dónde, pero de repente llegan a tu mejilla o a tu frente.

Los besos tienen el poder de parar el tiempo, los besos rompen los relojes. Y en ese instante surge otro tiempo, el que no conoce el minutero, el que invierte el giro de la Tierra. Un beso es imparable, no hay tormenta que pueda enmudecer un beso, no hay lluvia capaz de apagarlo. Un beso es una muralla de lava, un beso puede llegar a quemar.

Los besos brotan de un recuerdo, de una piel de gallina, de un «te quiero» o de un anhelo. Los besos son el combustible del deseo, la poción de una magia antigua, tan onírica como real.

Pero un beso también oculta otros besos que no se dieron, o muestra a las claras los que están por llegar. Hay besos de postal y besos para olvidar. Besos de añoranza de lo que se perdió por mucho navegar o por mucho naufragar. Un beso es una sinfonía inacabada que nunca termina.

El beso de marras, el beso del verano, no fue un verdadero beso. Un buen beso, consentido y con sentido, siempre hace mejor a quien lo da y a quien lo recibe.

 ** Profesor

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