Diario Córdoba

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Manuel Torres Aguilar.

memoria del futuro

Manuel Torres Aguilar

La lógica del voto a la extrema derecha

Estas opciones de ultraderecha se envuelven en mensajes vacíos, pero que llegan al sentimiento

Muchas veces incurrimos en el defecto de despreciar, como Castilla al decir de Machado, aquello cuanto ignoramos. A menudo caemos en el tremendo error de descalificar sin reflexión el voto que una parte de la población da a opciones que, racionalmente consideradas, son perjudiciales para la mayoría de los que las votan y para el resto. A pesar de ese ilógico planteamiento, encontramos que estas opciones son votadas no tanto por las élites económicas o sociales, sino precisamente por los que más sufrirán sus políticas si llegasen a ocupar el poder. Esto nos debería hacer cavilar en profundidad sobre los motivos de ello.

Estas opciones de extrema derecha se envuelven en mensajes vacíos, pero que llegan al sentimiento. Apelan a la patria, a la bandera, a la raza, a las glorias pasadas, pero no aportan ninguna propuesta lógica para encarar los problemas del presente. Esto ya lo tenemos claro, y a partir de ahí o despreciamos o criticamos o nos asustamos, pero no afrontamos la tarea más lógica de analizar las razones de esta sinrazón.

Si en estos días ha habido un ejemplo claro de esta dinámica, se llama Javier Milei, el nuevo fenómeno de la política argentina que siempre nos sorprende con una nueva pantomima en forma de líder. Si dedicamos unos minutos a leer el contenido de sus declaraciones y, sobre todo, si vemos sus vídeos, cualquier persona con un mínimo de sentido común no comprende cómo ha podido ser votado semejante histrión de aquel gran país. Sus propuestas no solo son disparatadas, es que no son factibles, ni creíbles, ni aportan una solución para la eterna crisis argentina, ni favorecen a la mayoría de la población que le ha podido votar. Entonces ¿por qué?

No hay una sola razón, hay muchas que ofrecen una explicación sensata y aportan luz, si se quieren oír, para evitar el desastre absoluto que es la llegada de políticos como él al poder. Si un ciudadano medio conoce la historia del último siglo, sabe a la primera que quienes apostaron por las políticas autoritarias y antidemocráticas condujeron a Europa al mayor de sus desastres, simbolizado en los casi sesenta millones de muertos de la II Guerra Mundial. Si, a pesar de ello, la gente les vota, esto es un síntoma evidente de que algo o mucho se está haciendo mal. No podemos caer en el error de decir que votan mal. Votan lo que quieren votar.

Muchos no saben, desconocen que esas opciones son la nueva cara de los viejos fascismos. Modernizados, adaptados a nuevos lenguajes, nuevas estéticas y nuevos --no demasiado-- modos de comunicación. No hay un sustrato cultural ni en España, ni en Argentina, ni en muchos países europeos, que garantice que se conoce la historia de nuestro pasado o de su pasado con la Junta Militar. La información y el conocimiento de la realidad llega por las tertulias, los programas de variedades ahora metidos de lleno en la política, las redes sociales, los envíos masivos de memes o similares por mensajería instantánea, etc. Pedir que la ciudadanía se informe desde varios puntos de vista, analice, estudie, lea, es pedir no mucho, sino lo imposible.

Cumplido este objetivo de la desinformación masiva, ya tenemos un votante que se va a guiar por los instintos más primarios, por las vísceras, por las pasiones, pero no por la razón. Es capaz de votar por la desforestación, por agotar los acuíferos, porque le quiten la sanidad pública y universal, por la merma de su libertad y sus derechos laborales o civiles, es capaz de votar por todo eso y por más, porque han conseguido cegar su razón. Esos votantes prefieren inmolarse, optar por lo peor en lugar de lo mejor, porque anida en ellos el resentimiento, el miedo al futuro, el miedo a la igualdad, el propio miedo a la mujer o al que es diferente.

Están convencidos de que en el pasado, ese refugio idealizado, estaban mejor y que en el presente el sistema contribuye a alimentar sus temores, por tanto, quien aparece contra el sistema y es capaz de llegar al centro de sus miserias, consigue arrancar su voto. El voto de la extrema derecha es el voto del miedo, la democracia solo tiene opciones si es sustentada por una ciudadanía ilustrada, por una ciudadanía formada con espíritu crítico, con conocimiento de causas y no solo de efectos. Una ciudadanía formada e informada y no día a día narcotizada con desinformaciones que destrozan la realidad sin que el destinatario sea capaz de entenderla.

Y frente a todo ello, ni los partidos de centroderecha, liberales al estilo clásico, ni las izquierdas son capaces de articular un discurso que centralice y canalice las frustraciones y las desesperanzas de la gente, que aporte soluciones a sus miedos. Las democracias son incapaces de limitar el enriquecimiento ilimitado de unos pocos, los abusos de las corporaciones y las energéticas, los desequilibrios y las desigualdades nacionales y globales. Llega un momento en que si el sistema democrático no da solución, es visto como el problema, cuando en realidad son precisamente todos esos que generan miseria y desigualdad, quienes atacan el propio sistema desinformando, haciendo creer a la gente que el problema de sus males no es precisamente este capitalismo desbocado sino los políticos y «su» democracia. Frente a ese escenario, quien no lo entiende o solo entiende lo que le dicen algunos gurús de la televisión, por decir algo, solo sabe rebelarse de la mano de quien dice entenderle y cree que será este con medidas mágicas el que acabará con todos aquellos que causan su desesperación. En el fondo, quien esto ofrece es parte de ese entramado económico-empresarial-capitalista-sin escrúpulos. Pero quien lo vota no lo sabe. El mesías de ultraderecha sí sabe decir que no es de aquellos, sino que él es del pueblo y está contra las élites de una democracia corrupta, siendo en realidad el señuelo y el portavoz disfrazado de aquella corrupción del sistema capitalista, a la que trata de ocultar y a la que dice querer destruir.

*Catedrático. Universidad de Córdoba

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