Opinión | el triángulo

Todo saldrá bien

Mientras la madre de Luis Rubiales se encierra en una iglesia bajo la promesa de huelga de hambre, y las televisiones llenan horas con los movimientos de otra que va a la cárcel a visitar a su hijo acusado de descuartizar a una persona, en esta España que parece una antología de las primeras películas de Pedro Almodóvar, se están produciendo movimientos políticos de los que sin mucho ruido cambian el escenario nacional. La suma de los resultados de elecciones autonómicas, municipales y generales ha dejado una realidad tan fragmentada, en la que nadie puede reconocerse como claro ganador que ha despertado la cautela e incluso cierta reserva en las formaciones políticas.

Ya nadie grita, que siempre es un primer paso. El nivel de insultos ha descendido drásticamente, quedan algunos residuales al presidente Sánchez, ni siquiera al PSOE porque empiezan las conversaciones, y se discrepa abiertamente de los independentistas sin calificativos ‘ad homine’. Es una exigencia muy baja para una democracia liberal, pero es que ni siquiera estábamos en ella, y alejarnos de esa infamia continua hace calibrar la posibilidad de cierta normalidad institucional.

Aunque Feijóo se propusiera ante el rey como candidato de una investidura que en menos de una semana más tarde ha calificado él mismo como imposible, vamos a entender que todos los caminos están llenos de piedrecitas, y que la necesidad de reforzarse como líder del partido ha prevalecido. La pujanza del Partido Popular en los gobiernos autonómicos ha creado ahí también barones o baronesas con mucho poder que le pueden mover la silla en cualquier momento porque las expectativas que les crearon otros, se han desplomado.

Los movimientos tácticos también se dan en el pase generoso del PSOE al candidato popular, que verán cómo pasan las dos jornadas de investidura mientras terminan de negociar con ERC y Junts, unidos de nuevo estratégicamente, la que realmente tiene posibilidades que es la de Pedro Sánchez. Nadie asegura esta vez ningún resultado porque en el país en que Rubiales no se percató de los límites del abuso, ni el PP del coste de sus pactos con Vox, ni Sánchez del castigo por persona interpuesta en las elecciones municipales puede haber siempre espacio para la sorpresa. Nunca hay que olvidar que la reforma laboral vigente lo es gracias a una equivocación de un diputado del PP, después de que otros dos de UPN decidieran no acatar el acuerdo nacional de su partido con el PSOE y emigraran al Grupo Mixto, ocupando ahora el sitio del señor Casero. Así que, a pesar de todas las reticencias solo podemos mejorar, y ya han quedado Feijóo y Sánchez en verse para hablar.

*Politóloga 

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