Opinión | hoy

Quijotes

Es nuestro grupo de lectura que formamos hará pronto diez años. Tres veces a la semana nos reunimos por la tarde y leemos a los clásicos. Empezamos, claro está, por el Quijote, pero por el verdadero, no por esas versiones coceadas al gusto de no sé qué acémila, en esa idea tan equivocada de que el de Cervantes es un ladrillo, un tocho que no hay quien se trague. Y tanto nos gustó el descubrir su tesoro que lo leímos otra vez. Luego siguieron, por ejemplo, ‘El lazarillo de Tormes’, ‘El Buscón’, ‘Cien años de soledad’, ‘Fortunata y Jacinta’, ‘La regenta’... Incluso el evangelio de Marcos. Hasta que nos atrevimos con la ‘Ilíada’, la ‘Odisea’, la ‘Eneida’. Luego seguiremos con la ‘Divina Comedia’, el ‘Cantar de Mío Cid’, la ‘Celestina’. Cada pasaje que descubrimos en toda su profundidad y su belleza nos sorprende más, porque nos preguntamos absortos, casi alarmados, por qué la gente no los conoce; pero, sobre todo, quién le ha sustraído y le sigue sustrayendo al pueblo estos tesoros. La respuesta a ese porqué y a ese quién está clara: al poder no le interesa que la gente lea de verdad. Y así el poder ha construido un sistema educativo que es sólo apariencia, de tal manera que un niño y una niña se pasen los mejores quince años de su vida, los años en los que su tierra está más tierna y más dispuesta para sembrar en ella, en no aprender nada en concreto, es decir, en no aprender a leer y escribir de verdad, sino sólo a tener sensaciones, atavismos, a pensar que el Quijote es un rollo, si es que acaso les suena. Como aquella niña que me encontré una vez en el autobús, cuando éste atravesaba por nuestro destrozado y perdido puente Romano. Me dijo que iban al Gran Teatro a escuchar ‘El pájaro de fuego’, de Stravinski. Entonces me dio por preguntarle: «¿Y cómo se llama este río?». La niña miró hacia nuestro padre río y se encogió de hombros. Yo le exclamé: «¡Este es el río Guadalquivir!» Y entonces nuestra pequeña alumna, a la que le calculaba unos nueve años, exclamó a su vez: «¡Ah, donde va a pescar mi padre!». Me quedé hecho hieles, como el dios Júpiter del que nos habla Quevedo. Desde entonces me explico cada coz que recibe nuestra cultura, como la última que he visto en ese panarra, tocándose sus partes para celebrar el triunfo del fútbol femenino.

* Escritor

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