Opinión | Obituario

Antonio Gala | El progresista distante

Sus libros tuvieron un éxito popular extraordinario, igual que lo habían tenido, en las épocas más fértiles del teatro que tenía que ver con los sentimientos, sus apariciones como dramaturgo

Muere Antonio Gala a los 92 años

Muere Antonio Gala a los 92 años / Agencias

Cuando murió su amigo César Manrique, en 1992, en Lanzarote, su casa más reciente de Haría mostró al aire todo lo que leía por entonces el que reinventó Lanzarote. Entre esos libros, dedicado, había uno de Antonio Gala. Estaba en esa casa, y estaba en millares de casas españolas, de todas las tendencias, de todos los colores políticos, pues entonces el escritor de Brazatortas, que se decía de Córdoba, se leía en todas partes.

En un tiempo Gala fue devorado en El País, como articulista, y luego se fue a El Independiente y a El Mundo, sucesivamente. En esos medios era apreciado porque atraía miles de lectores, pero a él también le importaba la parte más sonante del contrato, que en esos tres medios fueron muy satisfactorios para esa zona sagrada de sus relaciones periodísticas.

En la editorial Planeta, por la que transitó con enorme éxito de público (la crítica lo diluyó en parabienes que no eran exactamente literarios), lo mimaron como si fuera el último bestseller de la tierra, y lo fue por mucho tiempo.

Sus libros tuvieron un éxito popular extraordinario, igual que lo habían tenido, en las épocas más fértiles del teatro que tenía que ver con los sentimientos, sus apariciones como dramaturgo. Desde que estrenó hasta que cayó el telón de su pasión por la escena Antonio Gala era seguido por quienes venían de las ciudades y los pueblos, aunque la crítica pasaba por sus asuntos y sus dramas como finalmente pasó de sus diatribas políticas en los diarios en los que, a su pesar, se le dejó de leer porque escribía como desde el aire, o desde las casas grandiosas a las que era difícil que llegara la tinta de la que proveía sus textos de protesta.

La propia noticia del paso del tiempo le resultaba peor que una mala crítica o que un olvido

Eran textos, en fin, de protesta y paradoja, porque su vida real, de aquellas casas, de los lugares que fueron su centro de gravedad en la vida, contrastaba con los testimonios que daba, por escrito, de su rabia ante la vida de los otros, de la política o de la sociedad. Al cabo del tiempo quedó de su figura la sensación de que, desde su retiro al sur, se había diluido como ser humano y también como escritor. Al contrario de lo que sugiere ese final que duró hasta ahora, lo cierto es que mientras vivió y fue activo era, en persona,

; se reía de lo que quería, y era sarcástico con sus amigos, en persona, y también cuando no estaban con él.

Como un caricato del instante, se burlaba de todos, de los periodistas también, y en general hasta de sí mismo, excepto que no soportaba que de él se burlara nadie. Eso de su nacimiento, que en vez de cordobés de cuna era de Brazatortas, era una de las bromas que consideraba pesadas, que no debían darse en su presencia, ni por escrito. Tampoco tomaba a bien que en los diarios o periódicos en los que escribió se tomara su escritura a cachondeo. Y era feroz con la dialéctica, que era su manera de poner en su sitio incluso a los que no querían ofenderlo.

Una vez, siendo colaborador de El País, incurrió un texto mío en una errata, y le conté que con ese motivo íbamos a hacer “una fe de erratas”. Me miró de arriba abajo, y me dijo, como si lo tuviera escrito:

--Todo tú eres una errata.

Otra vez sucedió algo que da no sé qué contarlo. Lo invité a cenar, para despedir el año y darle la bienvenida al futuro. Hablamos de cualquier cosa, porque era costumbre que este periodista, entonces editor, saludara así a los escritores que formaban parte de nuestra nómina de colaboradores, publicaran o no sus libros con Alfaguara, que era la empresa que yo dirigía. Al día siguiente de esa cena el presidente y fundador de Planeta me llamó para amenazarme con lo más próximo al infierno pues Gala le había advertido de que yo le había hechos insinuaciones para arrancarlo de aquella editorial y depositarlo en la nuestra.

No fue verdad, y es probable que Gala no lo dijera nunca, pero así estaban las cosas y así eran sus consecuencias. Gala fue, en la época en que el socialismo tomó el poder, y después, un hombre progresista; iba a las actividades organizadas por los que luego ganarían las primeras elecciones en las que venció la izquierda, pero se decepcionó con Felipe González, cuando éste incurrió en el grave desliz de la Otan, así que lo vimos a Gala, con su bastón, renegar de aquel que había sido su líder bienvenido, en la enorme manifestación que reclamó No a la Otan, u Otan No.

Era un hombre extraordinariamente ocurrente, y simpático; sus artículos, y sus libros, como aquel que había en la mesa de noche de César Manrique, fueron extremadamente leídos, en todas las casas, y todo el mundo transitaba con ellos en la mano en las ferias del libro donde era, como ahora otros, blindado para que firmara sin ser molestado o toqueteado.

Firmaba, con su nombre largo, su pluma perfecta, su escritura vertical, tranquila, y era sacado como en volandas de las zonas sagradas de los sitios. Podíamos decir de él estas y otras muchas cosas, pero nadie podrá decir de él que no era un genio, a su manera, distante y burlón, un prosista fino y cruel, amable y duro, una persona que vivía pendiente de sí mismo que escribía historias de los otros, y riéndose de sí mismo como si temiera que se rompiera su espejo.

Por eso, porque temía el criterio ajeno, hacía lo posible por retratarlos antes de que ellos dañaran su propio retrato de hombre que, tras el bastón y la escritura, mantenía la frágil figura del que, siendo poeta, prefirió la distancia o la sátira, el sarcasmo.

Ha muerto ya muy mayor, y la posibilidad de que un día fuera pública esa vieja figura, a él que tan joven se quiso siempre, tan contrario a la realidad de la edad, la propia noticia del paso del tiempo le resultaba peor que una mala crítica o que un olvido