Diario Córdoba

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Marisa Vadillo

LA CAFETERA DE ASPASIA

Marisa Vadillo

El rabillo del ojo

Algo me dice que, a estas alturas, Instagram ha decidido enviarme señales de que me hago mayor. El algoritmo --por algún motivo misterioso-- se ha concentrado en enviarme ‘reels’ en los que continuamente me dicen cómo debo maquillarme. Incluso cómo debo maquillarme a partir de los cuarenta... y lo peor es que son hipnóticos.

Es curioso que, aunque poseas un doctorado en Bellas Artes, pudiendo ponerte (si quisieras) cara del siglo XIII porque tienes recursos técnicos para ello, una red social decida que no sabes lo suficiente al respecto... o que no estás a la moda, o que no estás suficientemente interesada en cómo estirar los ojos visualmente a partir de colocar las líneas negras sobre las pestañas con delineadores negros que dan hasta miedo, para mutarte en una posmoderna faraona egipcia. No está mal, pero en realidad, el pánico te entra cuando te imaginas el bajón que debe darte al lavarte la cara. Porque, claro, todo es un viaje de ida y vuelta.

También, este pequeño acoso al que me somete la plataforma me ha hecho pensar que es muy aburrida y que los algoritmos, quizás, no son tan inteligentes, ya que podrían llamar mucho más mi atención si me mandaran vídeos, por ejemplo, de una de las artistas plásticas más originales con su maquillaje: Maruja Mallo.

La gallega Maruja Mallo volvió de su exilio como una señora de la ‘tercera edad’, tras haber estudiado décadas antes con Lorca, Dalí y Buñuel, tras haber sido pareja de Alberti y haber arrasado artísticamente en la España de finales de los veinte y principios de los treinta. Así, aterrizó en plena movida madrileña. Dalí había dicho de ella que era ‘mitad ángel, mitad marisco’ ya que pocos como ella han mezclado la naturaleza, la ciencia y la magia con tanto arte.

Sea como fuere, la madura Maruja decidió que --a pesar de su edad-- se maquillaría como una diosa, como una faraona. En sus ojos convivían azules plateados (como los de las playas de Latinoamérica que pintó en los fondos de sus ‘Máscaras’ de 1942) y los rojos de sus labios son los mismos que invaden, por ejemplo, su geométrico y científico ‘Racimo de uvas’ (1944). De este modo seguía llevando su paleta consigo, a lo largo de los años, a través del maquillaje. No sé qué pensaría Instagram de ella, pero Maruja Mallo sí que sabía pintarse el rabillo del ojo.

* Artista y profesora de la Universidad de Sevilla

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