Opinión | Campo y ciudad
Con el tiempo
«Y es que estamos hechos del mundano barrizal, del celestial detritus ardiente de las estrellas, con el material que se incendia perennemente en el averno»
La gente joven se engaña creyendo que el tiempo solamente pasa en los demás, en la falsa intuición de que ella se encuentra exenta de esa cronológica esclavitud. Y aunque lo que realmente suceda tienda a demostrarle en su momento todo lo contrario. Incluso antes de la llegada de la senectud; a la par que las elucubraciones se modifican y no porque evolucionen los razonamientos sino porque se anquilosan, y por tanto se degradan.
La elocuencia, la otrora pujante retórica, la dialéctica que era capaz de solventar con cierto éxito las trabas engendradas mediante obtusas conclusiones, e incluso los tiránicos y hasta crueles compromisos contraídos en épocas críticas de vanas ensoñaciones, ya no surten sus deseables y positivos efectos merced a ese apoltronamiento aniquilador y conformista, que finalmente deriva de la relajación de la antaña intrepidez, y del valor de aquel que nunca se dejaba sucumbir por la imposición irrefutable.
Aunque a veces, en determinadas circunstancias, ciertos espíritus se mantienen vivos, sanos e inquietos, rebeldes y hasta privilegiados, enfrentados contra esa despótica instancia cronológica, más que choquen contra la desnuda realidad. Hasta cuando la experiencia acumulada, o el sumun de fracasos vitales, adquieren su preeminencia al conformar ciertos comportamientos y reacciones adversas contra lo aparentemente falso e incontrovertible, contraponiéndoles las soluciones más prudentes y eficientes, más sensatas, y todo se vuelve del revés mientras esas debilitadas mentes se conforman y se dejan llevar por los absurdos más insostenibles.
Es algo que infortunadamente sucede. Nadie está libre. Pero desilusiona saberlo de aquella persona en la que se apreciaban excelsas cualidades, y no sólo intelectuales. Sobre todo si se consideraban en alguien al que se estimaba a tenor de su calidad humana. Y es que estamos hechos del mundano barrizal, del celestial detritus ardiente de las estrellas, con el material que se incendia perennemente en el averno. Y que se encuentra aquí, bajo nuestros pies, en nuestro derredor, con nosotros.
*Doctor Ingeniero Agrónomo. Licenciado en Derecho
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