Opinión | CIELO ABIERTO

La Guardia Civil en Navarra

Lo que se está pactando es la salida progresiva de las estructuras del Estado de Navarra

Tengo el recuerdo intacto de aquel amanecer de escalofrío que fue vivir en España en los años ochenta. También en los noventa. Sólo hace falta evocar aquel tiempo para volver a escuchar los informativos de la mañana: secuestro, coche bomba, tiro en la nuca, disparo a quemarropa. ETA nos parecía una bestia lejana, heredada de otro tiempo, pero que seguía dando dentelladas mortales. Además había políticos que justificaban más o menos veladamente la lucha armada. Hablo no ya de Herri Batasuna, que eran terroristas no encubiertos, sino inactivos con las armas, pero haciendo apología de los asesinatos y secuestros. Me refiero a aquella Izquierda Unida de Euskadi --a la que siempre se opuso Rosa Aguilar, distanciándose de esa ambigüedad-- y al PNV, que sólo con la ejecución de Miguel Ángel Blanco pareció despertar de su letargo. La hipocresía consistía en referirse a los asesinos de ETA como a unos chicos díscolos muy pasados de revoluciones en esa orgía continua de la sangre: unos buenos muchachos algo errados en sus intensidades. Y escuchabas a Xavier Arzalluz rezumando odio en sus discursos, como un pirómano del vacío, que sabía dónde tiraba, hablando con bilis de los emigrantes andaluces, extremeños o murcianos --«estos maquetos», supuraba, y le temblaba el labio-- y te quedabas flipado, porque no entendías de dónde venía ese rencor prehistórico, ese desprecio sin romanizar.

Luego se desvelaba un documento redactado por Herri Batasuna, el acta de aquella reunión de abril de 1990, que mostraba claramente la auténtica estrategia no sólo de Arzalluz, sino de una gran parte del independentismo vasco presuntamente democrático, sobre la coincidencia de objetivos entre su partido y los terroristas de ETA: «No conozco ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan; unos sacudan el árbol, pero sin romperlo para que caigan las nueces, y otros las recogen para repartirlas». Insisto: hizo falta que Ibon Muñoa, que trabajaba con Miguel Ángel Blanco, acumulara toda la información sobre él; que Irantzu Gallastegi, ‘Amaia’, lo interceptara; que José Luis Geresta, ‘Óker’, lo sujetara, y que Javier García Gaztelu, ‘Txapote’, descerrajara dos disparos en la nuca indefensa de Miguel Ángel Blanco, arrodillado en mitad de un camino en el bosque, hizo falta toda esta barbaridad para que el lehendakari José Antonio Ardanza, del PNV, saliera a decir que así no, que esta vez se habían pasado. Después, toda España, también en el País Vasco, salió a ocupar las calles.

Esto ha sido España, esto ha sido nuestra vida y los amaneceres de la gente hasta que ETA fue derrotada: siempre he pensado que con una mezcla de estrategia policial, política encubierta y desgaste social. Hubo intentos de conversaciones de paz gobernando PSOE y PP: no hay nada que reprochar, en esos acercamientos, ni a unos ni a otros, porque todos intentaron todo. Pero la desesperación era mayúscula: entrábamos en Europa con una banda mafiosa disparando a matar sobre los ciudadanos del país. Sobre todo, contra los policías nacionales y los guardias civiles. Cuántos, por cierto, policías y guardias civiles andaluces. Cuántos con el síndrome del norte. Saliendo cada mañana de sus casas, en el País Vasco, teniendo que mirar debajo de sus coches por si había una bomba lapa. Cuántas mujeres sin que nadie les dirigiera la palabra en las tiendas, ni en los colegios, ni en el ascensor. Cuánto acoso y cuánto Alsasua en vena para tantas parejas jóvenes destinadas a ese cementerio del miedo, para amanecer con las dianas pintadas con espray sobre sus puertas. Claro que hubo errores, algunos graves: pero aquello era vivir el horror.

Lo recuerdo al leer que a la Guardia Civil se le retirarán las competencias de Tráfico y Seguridad Vial en Navarra como concesión del Gobierno de Sánchez para que Bildu apoye sus presupuestos. «Con Bildu no vamos a pactar, si quiere se lo digo veinte veces». Lo que se está pactando, en realidad, es la salida progresiva de las estructuras del Estado de Navarra. Lo que no consiguieron los asesinos aquellos años de plomo, lo logra la política sin alma. Todo esto es, para el mundo etarra --que sí sigue existiendo--, una victoria moral. Claro que no se puede vivir con el rencor permanente y hay que levantar la vista hacia el futuro. Pero, ya que hablamos tanto de memoria y volvemos continuamente a 1936, recordemos cómo eran esas mañanas de los años noventa. Aquel caudal de miedo en las ventanas. El porvenir no comienza por blanquear el pasado.

* Escritor

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