Opinión | PARA TI, PARA MÍ

Adviento: Abrir el espíritu al mundo actual

Hoy iniciamos el Adviento, un tiempo litúrgico para ir de camino, con la ilusión del encuentro

Hoy la Iglesia empieza un nuevo año litúrgico, es decir, un nuevo camino de fe del pueblo de Dios., que se centra en la visita del Señor a la humanidad. Todos sabemos que la primera visita tuvo lugar con la encarnación, el nacimiento de Jesús en la cueva de Belén; la segunda tiene lugar en el presente: el Señor nos visita continuamente, cada día, camina a nuestro lado y su presencia nos reconforta; la tercera y última visita tiene lugar cada vez que rezamos el Credo: «De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos». Hoy iniciamos el Adviento, un tiempo litúrgico para ir de camino, con la ilusión del encuentro: tiene el Adviento un sabor a «ir andando», a viaje, a imaginar la llegada. Trae el Adviento, si utilizamos imágenes poéticas, el anhelo de las flores por el rocío, el entusiasmo del escalador por alcanzar la cima, el presentir el mar después de un recodo de la carretera, el ansia por descubrir la «casita encendida» después de mucho caminar por el bosque. Ningún tiempo litúrgico se parece más a la vida como el Adviento, con su aroma especial, que sabe al abrazo anhelado de la persona querida. El Adviento nos acerca a la vida más que la Cuaresma o la Pascua, porque la vida es caminar y para caminar hace falta un sueño, una ciudad prometida, una ilusión, una puerta hacia la que dirigirnos, con nuestras velas de esperanza desplegadas al máximo.

Dice el papa Francisco que «en este tiempo de Adviento estamos llamados a ensanchar el horizonte de nuestro corazón, a dejarnos sorprender por las novedades que la vida nos ofrece a diario. Para eso es necesario aprender a no depender de nuestras certezas, porque el Señor viene cuando menos lo esperamos. Viene para llevarnos a una dimensión mejor, más grande». Por eso, el evangelio que se proclama en este primer domingo de Adviento, en cada Eucaristía, nos invita a «estar en vela», no para «asustarnos», sino para abrir nuestro horizonte a una dimensión nueva, más grande, que por una parte da una importancia relativa a las cosas cotidianas y por otra las valora y las considera decisivas. La relación con el Dios cercano ilumina cada gesto, cada cosa, con una luz diferente, le da profundidad, valor simbólico. Es también una invitación a la sobriedad, a no dejarnos dominar por las cosas de este mundo, por el materialismo, que debemos aprender a mantener a raya. Este mensaje lo subraya con especial interés el papa Francisco: «Dejarse condicionar y dominar por el materialismo de hoy impide tomar conciencia de que hay algo mucho más importante: el encuentro final con el Señor. ¡Eso sí que es importante!». La cotidianidad debe tener ese horizonte: el encuentro con el Señor que viene a por nosotros. Cuando llegue ese momento, como dice el Evangelio, «estarán dos hombres en el campo: al uno se lo llevarán y al otro lo dejarán». Es una invitación a estar alerta porque no sabemos cuando vendrá y debemos estar preparados para partir. El Adviento es una palabra que no figura en el léxico actual de la sociedad de nuestro tiempo, pero sus resonancias sí que albergan una palpitante actualidad: La esperanza de una venida, la de Dios hecho hombre, como Salvador de la humanidad. En el evangelio de este domingo, Jesús nos presenta la imagen del diluvio, que vino de repente, para ejemplificar cómo vendrá el Hijo del Hombre: de improviso, sin avisar. Así nos vinieron la pandemia, la gran nevada, los incendios del verano, la guerra de Ucrania. Pero el acento no lo pone Jesús en la tragedia, sino en la actitud ante ella: «Estar despiertos, vigilantes». Ha llegado el Adviento, no sólo para los creyentes, sino para toda la humanidad.

Es un tiempo de espera, --«todos, Señor, todos esperamos»--, de silencio interior, de examen de conciencia y de conversión a Dios. La liturgia del Adviento nos enseña otra manera de caminar, en contra de la cabeza hundida de muchos de nuestros contemporáneos, dormidos por el ruido ambiental. Nos enseña a estar vigilantes, la frente al viento y el corazón alegre. Si durante la Cuaresma sabemos que Jesús ha resucitado, durante el Adviento sabemos que Jesús ya ha venido, ya está aquí. A nuestro lado, en nuestro corazón. ¡Qué gozo da esta certeza de vivir despiertos y en pleno día desde la fe!

* Sacerdote y periodista

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