Opinión | CIELO ABIERTO

El olivo

Cuánta belleza intacta en el olivo, en su nudo de tierra robusteciendo el aire. Qué es lo que sientes al mirar sus mares cuando viajas: en Córdoba y Jaén, sí, pero también en los campos agrestes de Grecia parece que Odiseo nos espera para narrar el eco de sus viajes detrás de los olivos musculados, como si el Hades fuera un cementerio con los héroes aqueos convertidos en troncos: ahí está Aquiles, monarca de las sombras, ahí está Néstor, ahí brilla también, como un olivo regio, Héctor, el hijo del rey Príamo de Troya. Olivos como soles centrados en la tierra: eso somos nosotros. Olivos de Miguel Hernández que nos hace encendernos leyendo unos poemas que son varas de sangre luminosa. Si hay un árbol que nos encarna, que nos mira de frente hasta nombrarnos, es el olivo. Por eso es una fiesta celebrar que la Cátedra Timac Agro-Uco organizara ayer la Jornada por el Día Mundial del Olivo, en la Cooperativa Nuestra Madre del Sol, en Adamuz, comenzando con ese desayuno molinero que es el que nos levanta la moral siempre que regresamos de correr. Ese aceite en vena. Ponencias potentes a cargo de Mario Domingo o Kisko García y, además, la entrega de los Premios a Agricultores Sostenibles como Manuel Lillo Aranda, que ha hecho del cuidado del olivo una poética de entrega familiar, honradez en el trato de la tierra y cuidado experto en el mantenimiento de su cultivo. Es como decirnos: todo esto lo hemos heredado, debemos preservarlo para quien venga luego. El olivo nos nutre, también nos alimenta, desde la Antigüedad. Lo vemos en ‘El olivo de los Claudio’, la novela en Almuzara de Mar Rodríguez Vacas que hay que leer para entender la Córdoba romana en sus adentros, con ese árbol central que es la raíz visible de una historia. Somos Roma y somos los olivos mecidos a lo lejos por un viento tardío que también nos llevará a nosotros por delante. Cuidando y protegiendo ese legado, de la aceituna a las páginas de un libro, nos estamos salvando del olvido.

* Escritor

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