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Rosa Luque

ENTRE VISILLOS

Rosa Luque

Periodistas y archiveros

Dos profesiones marcadas por ritmos diferentes, pero en necesario diálogo

El periodismo, como todo el mundo sabe, es un oficio marcado por las prisas, y más ahora que los periódicos respiran por su versión digital, en la que no se trabaja ya para el día siguiente sino al instante; como en la radio pero en extenso y por escrito, lo cual requiere pensar muy bien lo que se pone, porque ahí queda. Y es precisamente esta cualidad, la de la permanencia, la que emparenta al periodismo y sus vértigos, aunque parezca paradójico, con otra profesión que, por el sosiego de siglos que la envuelve, podría parecer su antítesis, la de archivero. Los archivos conservan, muchas veces gracias a restauraciones que son puro arte de la memoria, el patrimonio documental con que se teje la historia. Pero un eslabón esencial de esa cadena de custodia-como tantas veces ha sostenido Antonio Ramos Espejo, gran reportero andaluz- es el periodista que día a día ejerce de testigo presencial de los hechos y los cuenta, se supone que de modo veraz y honesto. Lo hace sin pararse a pensar que deja en herencia la crónica del presente que habrá de nutrir la posteridad. Esa que tan rigurosamente se guardará en los archivos y hemerotecas a disposición de quien desee consultar los registros, ahora de fácil acceso telemático.

Son algunas de las afinidades que se argumentarán esta tarde en la Filmoteca, donde tendrá lugar una mesa-coloquio en la que está previsto que participen representantes de ambas profesiones. Entre ellos Ana Verdú, directora del Archivo Municipal de Córdoba, y Antonio Jesús González, redactor gráfico de este periódico y fotohistoriador, o lo que es lo mismo, rescatador del pasado a través de las imágenes que lo plasmaron, ardua tarea en la que es un destacado especialista. El debate se desarrollará bajo el epígrafe de ‘Archiver@s.con’ y estará moderado por María del Mar Ibáñez, facultativa del Archivo Histórico Provincial y vocal de la Asociación de Archiveros de Andalucía. La entidad es la promotora de una iniciativa de diálogos interprofesionales que busca romper el aislamiento de los trabajos archivísticos incorporando la divulgación como parte de los mismos. Un esfuerzo loable que ha convertido los archivos en centros irradiadores de cultura. A él se debe, entre otras cosas, que esa labor callada sea cada vez más visible al público. Sobre todo a través de exposiciones. Algunas forman ya parte del paisaje urbano de Córdoba, como esos cubos de la memoria que sacan a la calle nuestros bienes documentales. Pero también contribuye la constante difusión en los medios, cada vez más conscientes a su vez de la mina de oro informativa que subyace en un archivo.

Porque es precisamente la información, su búsqueda y su tratamiento, la clave que une la archivística con el periodismo. Como le gusta recordar a Ana Verdú, de la mano de la democracia, estos centros dejaron de ser «cancerberos del legado» para pasar a ejercer una función social basada en el derecho constitucional de acceso por parte de la ciudadanía a los registros públicos. Y de ser eruditos los únicos usuarios de las salas de consulta -casi siempre con grisura decimonónica cuando no en ruina-, estas, cada vez más diáfanas, se vieron también ocupadas por ciudadanos corrientes en demanda de papeles que les afectan personalmente o por el simple placer de hurgar en las viejas fuentes. Y por periodistas, que además de recurrir a un archivo tras el rastro de acontecimientos pretéritos o fotografías sepias -como esa magnífica colección de postales que ha narrado la evolución urbanística de la ciudad-, pueden hallar en sus fondos un medio absolutamente fiable de contrastar los datos. Archiveros y periodistas, una ósmosis perfecta.

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