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Miguel Ranchal

Gala

Córdoba está mostrando ese amor por don Antonio, perpetuando así que Córdoba sea de Gala

Este domingo Antonio Gala ha cumplido 92 años, soplando las velas desde ese tiempo rijado en el que los recuerdos prescinden de la memoria; ese estado en el que sentidos y sentimientos se solapan antes de que sean las musas las que se encarguen de nuestros cuidados. No un tiempo estéril para que este insigne cordobés recoja un merecido homenaje. Ese es el propósito buscado por el Ateneo de Córdoba, gracias al encomio de Federico Roca, su presidente; y de otras entidades sobre las que se ha pivotado esta iniciativa, como la Fundación Cajasol, la Fundación Antonio Gala, la Real Academia o el Círculo de la Amistad; o el acto organizado por la Federación de Ateneos en Medina Azahara.

De Antonio Gala conocía los ronroneos de las galerías del Colegio, ese repaso a las orlas antiguas que desde el recreo contemplas apresuradamente, como los paisajes en la vagoneta de un tren. Quizá, desde ese contrato perpetuo con el retratista y con el sepia, ya quiso hacerle pedorretas al ‘carpe diem’, desatendiendo la añosa bicefalia de una Córdoba que no utilizaba el rojo como un color, sino como un insulto, mientras la otra olía al bacalao del estraperlo, que ya era mucho oler.

Aún así, mi puesta de largo con la obra de Gala se hizo patente en esa edad en la que los españolitos de casi siempre empezaban a usar pantalones largos, toda una reminiscencia de la toga viril. Fue una función de ‘Petra Regalada’ en el Góngora, con una inmensa Julia Gutiérrez Caba y la venerada Aurora Redondo como abadesa de las tablas españolas. Aquel barroquismo que invocaba a las ánimas de Julio Romero fue mi bautismo de fuego en el patio de butacas, y eso necesariamente marca a yerro tu trayectoria vital.

Hay en Antonio Gala una distante cercanía a la belleza. Hay Gala en la lírica de Capuchinos, en las piedras que se embostan del fervor popular y de la cera de la canícula, abierta y oscura como la Dama de Noche. En su obra retumba el ruido de los cascos de las Caballerizas y esos tacones que portan misales o envidian tonadilleras.

Porque las piedras que para Gala hablaban no solo lo hacían desde exilios carmesíes. A Gala se le cuchicheaba desde la graílla de las puertas de vecinas, por esa televisión que aún no había emprendido la mitosis de los canales. Aquella serie histórica guionizada por don Antonio sí que adelantó el regreso al futuro, pues la libertad se oteaba desde las almenaras, pero también en el barrunto de los claustros universitarios.

También en la huelga de actores, cómicos que calafateaban sus vindicaciones frente a un Régimen que hacía aguas, rumbo hacia esa Ítaca en la que se henchía el bachiller sepia. Porque Ulises corrió con Gala, y Victoria Vera subió a los altares de unos españoles que ya no necesitaban peregrinar a Perpiñán, en esa tramoya en la que el vaho de las sibilas era la nicotina de las Asambleas, el fuego prometeico que pasó desde el café Gijón al enfurruñamiento naif por la entrada en la OTAN. Luego, don Antonio emprendió la larga marcha hacia el ensimismamiento que, como Diocleciano, era la más dulce y humanista forma de cultivar la misantropía.

Gala ha trovado en su estética esa Córdoba escurridiza, la Córdoba cuyos pentagramas se escribían en un laberinto. Su Fundación es el Yuste del bachiller sepia, la glosa de sus triunfos y sus batallas, tentadas por el sempiterno desdén cordobés. Pero no, la asistencia a los actos organizados esta semana demuestra lo contrario. Córdoba está mostrando ese amor por don Antonio, perpetuando así que Córdoba sea de Gala.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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