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Isabel Olmos

Punto y aparte

Isabel Olmos

Fobias

Hay más miedos. La adaptación darwiniana de la especie humana hace que vivamos más rápido

Cuando mi bisabuelo paterno se tuvo que ir a hacer el servicio militar obligatorio a Girona desde un pequenísimo pueblo de Castelló el miedo a lo desconocido era tal que se pasó los dos años de ‘mili’ de entonces sin salir de las cuatro paredes del cuartel. Dos años. Encerrado en un complejo militar. No vio la magnífica catedral ni su casco antiguo y no disfrutó de la vida que de entonces la ciudad catalana, con sus ferias y mercados. Si hizo amistades, no trascendió. Su miedo a abordar un paisaje exterior totalmente desconocido y radicalmente diferente al que hasta entonces le habían ofrecido las familiares montañas a las que estaba acostumbrado fue tal que decidió no enfrentarse a él.

Desde mediados de esa década de 1920 hasta ahora ha pasado justo un siglo y dos generaciones nos separan a él y a mí. Cien años en los que todo ha cambiado: la movilidad, las comunicaciones, las imágenes, el entorno, las personas... Pero sin duda ha sido la velocidad, la mayor velocidad en todo, lo que nos ha sacudido hasta las trancas provocando que contactemos más deprisa, viajemos más deprisa, comamos más deprisa, compremos más deprisa y hasta vivamos más deprisa. La adaptación darwiniana de la especie humana ha logrado que nos movamos a velocidades inasumibles para una mente -y un cuerpo- de hace 100 años y damos por integrados ritmos y retos porque sí, porque es ‘lo que hay’ y si no te adaptas, problema tuyo. Nos impacientamos si las cosas no salen tan rápido como deberían o si las personas, incluso nosotros mismos, no caminamos o avanzamos a la velocidad que nos marca la sociedad actual en sus múltiples aristas. Andamos tan y tan deprisa y tan y tan anestesiados para no sentir el dolor que estos desajustes, estas deslealtades a nuestro propio ritmo, provocan en nosotros, que no vemos la inmensa herida que sangran ante nosotros.

Para muestra un botón: un 6 % de la población española sufre o ha desarrollado algún tipo de fobia, casi siempre vinculadas al exterior o algo que sucede en el exterior. Por ejemplo, uno de los miedos paralizantes que más se ha visibilizado en los últimos tiempos es la amaxofobia, o el temor a conducir. Pero, por el amor de Dios, ¿quien no va a tener miedo a meterse en unas rondas, vías de circunvalación o autovías donde el acoso, el hostigamiento y la ansiedad son normas de interacciones comunes?

Otra de las fobias a las que se le ha calificado ya como ‘habitual’, según los expertos, es la agorafobia, el terror a exponerse a espacios abiertos por si acaso nos sucede algo y nadie nos socorre. También la aerofobia o el miedo a volar. ¿Qué pensaría mi bisabuelo, el que no quiso salir del cuartel, si le propusiera subirse a un avión? Imagínense. Ni el Ultramar, como se decía en un época, le hubiéramos encontrado.

Hay fobias viejas y hay fobias nuevas. El abuso y más abuso ha conseguido, por ejemplo, que haya una fobia a los petardos en la tierra más adicta a la pólvora. Pero también tenemos fobia social, la eterna angustia a ser rechazados socialmente por nuestra forma de ser, de comunicarnos, o por nuestro aspecto, y la fobia de impulsión, que es el horror que se genera al pensar que uno mismo o una misma puede perder el control y agredir y hacer daño a un ser querido. En definitiva, volverse loco.

Cada día, de manera autómata, nos enfrentamos a mil y una situaciones ante las que cualquier observador externo ajeno a nuestro mundo se pondría las manos en la cabeza. ¿Es esta noria y su ritmo vertiginoso asumible para siempre? Quizás estamos pisando demasiado el acelerador de nosotros mismos o quizás simplemente ya no sabemos cómo parar. O, peor aún, tengamos miedo a hacerlo.

*Periodista 

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