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Manuel Torres Aguilar.

MEMORIA DEL FUTURO

Manuel Torres Aguilar

La vida en un instante

La memoria del futuro está llena del pasado, por eso miro hoy los pasos que di

Mientras contemplaba en silencio el ataúd, al fondo se oía el rezo del cura con las fórmulas rituales tantas veces conocidas a estas alturas de mi vida. El oficiante definitivamente no hizo caso a León Felipe cuando dijo: «que no recemos como el sacristán los rezos». Las letanías caían cansinas. Había muerto el padre de mi amigo Juan Pedro, mi amigo de toda la vida. Pensé en el difunto sintiendo que ahora de nuevo se iba un poco más de mi infancia. En un instante vi que la calle de mi niñez se desvanecía en el recuerdo. Mis padres ya no estaban desde hacía tiempo y desde entonces todo iba alejándose. Aquella calle hoy ya no la reconozco. Aunque sigo teniéndola por mi patria, porque ya nos dijo Rainer María Rilke que la verdadera patria del hombre es su infancia. La calle San Acisclo no sé bien cuándo nació, era una calle en la que terminaba la ciudad. Una ciudad que había saltado la muralla del Marrubial para construir ese arrabal. Desde luego, en los primeros años del siglo XX ya debía existir, antes no figura en los planos de la ciudad. La casa que compraron mis padres para instalar su tienda de comestibles a fines de los años cuarenta y crear allí su negocio y su hogar, tenía en el pórtico de la entrada la fecha de su construcción: 1929.

Nací en los primeros años de la década de los sesenta y mis amigos también. Hoy de aquel trio inseparable de amigos solo sigo vivo yo. Afortunadamente aún me queda Juan Pedro, el hermano de uno de esos dos amigos que ya se fueron, que ha tenido la delicadeza de acompañarme en este camino de la vida desde que, creo recordar, él tenía cinco o seis años hasta hoy. Escribo mis recuerdos desde el funeral de su padre y, sin embargo, no tuve fuerza de escribir nada sobre el entierro de mi madre un funesto 31 de marzo de 2020. Justo el día que entraba en vigor el decreto que limitaba la asistencia a los entierros a cuatro personas como máximo. No es preciso describir la tristísima soledad de aquel día, aunque en honor a la verdad, después pensé mucho que aquella soledad vivida junto a mis hermanos evitó todo saludo de compromiso. Ahora me trae la memoria el eco de nuestros pasos solitarios retumbando entre las calles de nichos, sin ninguna palabra fingida o un consuelo superfluo. En la inmensa soledad de aquel momento sí recuerdo el afecto solidario de los sepultureros, que por un momento dejaron de ser como describía también aquel verso de León Felipe: «para enterrar a los muertos como debemos cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero». El cura Agustín Moreno también rezó con cariño en el páramo de aquel día. Hoy sí soy capaz de juntar unas letras en la memoria de su padre y de los míos. No escribo nada nuevo que no sepamos. Mirando el momento de este funeral recordaba a mi madre diciéndome que la vida era un suspiro.

Aquella calle, aquella infancia, era de tierra, sin asfalto, con casas de miseria, casas de vecinos con baños compartidos, gentes que decoraban como fantasmas extramuros de la ciudad su pobreza, digna, pues era la que tenían. Luego vino el desarrollismo de los setenta. Todo el campo de nuestra niñez, sus huertas, sus matorrales, se llenó de pisos y más pisos. Edisol se llamó aquel enjambre de viviendas que acogió a las jóvenes parejas que venían de los pueblos buscando la ciudad para encontrar un futuro mejor. Es nuestro ‘Cuéntame’ particular. Supongo que algunos tienen algo de esa experiencia, pero me temo que en los barrios nuevos de hoy día no se crean raíces. Imagino que no. Yo tengo los recuerdos de los mayores de aquella calle, donde había un zapatero, un fontanero, un carpintero, un albañil, un mecánico, varios tenderos. Era un pueblo contenido en ese espacio. Tengo las raíces del recuerdo y viendo ahora cómo la vida se va deprisa, no dejo de pensar en todos aquellos que compusieron el escenario de mi vida y ya no están. A algunos sí pude verlos en el funeral.

Alguna vez he vuelto a San Acisclo y ya no veo nada de aquellas casas humildes. Me alegra que ahora haya casas con piscina, fachadas bien armadas y decoradas, un gran supermercado, una calle bien asfaltada, con luces que de verdad iluminan, no como aquellas dos o tres bombillas amarillas que eran la escasísima luz que alumbraba las oscuras noches de aquellos años. Todo pasó. Me recuerdo a mí mismo corriendo por la calle un día con el soniquete de la voz de Jesús Hermida retransmitiendo la llegada del hombre a la luna, el día que enterraron a los obreros de la Electromecánica en los Padres de Gracia con esa imponente manifestación de duelo, la mañana en que las fachadas de algunas casas aparecieron con pintadas pidiendo amnistía, y yo me preguntaba qué podía significar esa palabra. Aquellos otros días que los militares de Lepanto decidían pasear algunos camiones por las calles supongo que para hacer patente su presencia, por si acaso. Mucho más recuerdo, pero no hay espacio ni deseo de más.

Solo sé que todos esas remembranzas son parte de mi memoria, y yo que escribo o lo intento sobre la memoria del futuro empiezo a tener solo memoria del pasado. La vida en un instante, sin caer del todo en la melancolía, con el vano intento de que alguien joven lea que de verdad la vida va en serio y corre mucho. Muchísimo más de lo que uno piensa. Ahora que entierro a los muertos que eran los vivos de mi infancia, me quedo mirando al trasluz de este otoño que ni lo parece y siento que sí, que Woody Allen tiene toda la razón: «La vida es estúpida, estúpida... y trágica». Es un puñetero cuento con una trama que puede tener muchos vericuetos, mejores y peores, pero una historia que solo tiene un trágico final. Perdonen la crudeza, pero no hay más. Por muchas vueltas que le demos, por muchos consuelos, la memoria del futuro es la nada que será el presente. Mi amigo perdió a su padre, un hombre bueno, yo perdí a los míos, buenos seres humanos también, a los amigos, a todos los que habían acompañado nuestro camino.

Ahora miro a mis nietos y me provoca enorme compasión no saber cómo será su futuro, adivinar el desastroso mundo que entre todos les vamos a dejar. Alcaldes que protestan porque deben apagar antes las luces de navidad y embalses vacíos, veranos infinitos, sequedad de los humedales y del futuro, gases contaminantes, plásticos en el mar y basura en todos lados. ¿Se puede ser más estúpido? No, porque nadie cree en el futuro, solo en su presente, por eso siento la orfandad por los que se fueron y la inmensa desazón por los que han venido, pues no se si tendrán algo de aquello que nos hizo la vida llevadera durante algún tiempo.

Todo era un engaño y aun así sigo estudiando los movimientos geopolíticos de nefastos dirigentes. Asisto asustado a la llegada del fascismo a Italia, como si no hubiesen transcurrido los cien años de la Marcha sobre Roma. Veo a la gente cómo camina paso a paso hacia el abismo de una Europa de nuevo enfrentada a sus contradicciones. La gente ni lee, ni piensa, ni le importa. Critica, se duele, vegeta frente a la tele de Mediaset, quiere darle una patada en el culo a los políticos inútiles, que lo son, y nos la pega a todos los demás abriendo paso al nuevo autoritarismo. Ya nadie parece recordar todo el dolor que trajo.

Ante el desconsuelo, ¿qué me importa? Se fue mi niñez, mi infancia, la vida en un instante y el negro futuro de los días que vienen nadie lo va a resolver. La ignorancia, el egoísmo, la miseria vital se ha instalado de nuevo en los años veinte de este siglo. Disfruten de lo votado y de lo que votarán. Me quedo mirando la calle de mi infancia con su barro y sus gentes, con las que ya no están, con la ropa raída y el hambre de aquellos días de un barrio tan alejado del centro, que decía ir a Córdoba cuando iba a las Tendillas. Esa calle en la que no había nada, pero yo veía a la gente reír. A lo mejor veía sus sonrisas porque yo era un niño, y los niños en su inocencia no ven llorar, ni ven todavía la vida pasar. Mi madre tenía toda la razón: la vida en un instante.

** Catedrático. Universidad de Córdoba

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