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Diario Córdoba

Francisco García-Calabrés

Otoño

Es el tiempo de la mirada introspectiva, de volverse hacia los pliegues interiores del corazón

Aunque ha tardado, hoy, por fín, les anuncio que comienza el otoño. Estación que, como el tren en Extremadura, se hace de rogar y llega algo más tarde este año. Decimos adiós a este verano largo y tedioso, obstinado en perpetuarse. Jartible como dirían los gaditanos, que no nos ofreció tregua alguna, que ha secado nuestros pantanos y humedales, que nos ha traído unas facturas de la luz que nuestros ojos nunca antes vieron.

Llega el otoño, «estación de las nieblas y fecundas sazones, colaboradora íntima de un sol que ya madura», con sus desafíos y sus desafueros. Entre ajustes fiscales, sondeos y estrategias preelectorales, una inflación galopante que a todos nos empobrece, la sucesión de la monarquía inglesa ante los complejos de la propia, o la guerra de un Putin que no cesa. El otoño es sinónimo de decrepitud, de caducidad y ocaso. Algunos sentirán que viven en el «otoño» de sus vidas, de sus profesiones, de tantas iniciativas que un día comenzaron llenas de ilusiones prometedoras, o simplemente de una etapa de la historia que ya no volverá.

A pesar de todo ello, demos la bienvenida a este otoño que dura lo que tarda en llegar el invierno, como canta Sabina, y nos acompañará durante los próximos 89 días. Que no es preferentemente un asunto solo de climatología. El otoño es sementera, es paciencia y transparencia, despojo y desapego. Es el tiempo de la mirada introspectiva, de volverse poco a poco hacia los pliegues interiores del corazón, de los afectos, de las tardes de café y lectura. Es la época de la inspiración, la preferida de los poetas donde, con acierto, la ciudad coloca su nueva edición de Cosmopoética, para saborear los versos más encendidos en los surcos de nuestras historias personales. Estación cantada por los mejores poetas. Para Miguel Hernández «ya el otoño frunce su tul/ de hojarasca sobre el suelo,/ y en vuelo repentino,/ la noche atropella la luz./ Todo es crepúsculo,/ señoreando en mi corazón.» «En llamas, en otoños incendiados, arde a veces mi corazón, puro y solo. El viento lo despierta,/ toca su centro y lo suspende/ en luz que sonríe para nadie:/ ¡cuánta belleza suelta!» diría Octavio Paz. Estación que tiene sus olores propios a tierra mojada, su memoria de nuestra infancia, su color de días grises, sus sabores de aquéllos dulces y roscos de nuestras madres. Es la estación recatada, austera, que va recuperando la contemplación y los silencios frente al bullicio y el estruendo de ferias y festivales y turistas y trasnocheos.

Como escribe Fernández Moratiel, «en el otoño todo es adentro y la primavera todo es afuera. La Primavera es una exhibición espectacular, es un inmenso grito de la Naturaleza. Primero aprende a ser Otoño. Después serás Primavera.» Disfrutémoslo con intensidad y gratitud y sigamos el consejo de Mario Benedetti: «Aprovechemos el otoño antes de que el invierno nos escombre/ enfrentemos a codazos en la franja del sol/ y admiremos a los pájaros que emigran./ Ahora que calienta el corazón/ aunque sea de a ratos y de a poco/ pensemos y sintamos todavía/ con el viejo cariño que nos queda./ Aprovechemos el otoño/ antes de que el futuro se congele/ y no haya sitio para la belleza/ porque el futuro se nos vuelve escarcha».

** Abogado y mediador

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