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Diario Córdoba

Joaquín Pérez Azaústre

En la ausencia de Pablo

Cada vez que paso por la calle Obispo Fitero siento que hay un mundo al otro lado de su portalón

Entro en Bodegas Campos persiguiendo a una sombra. Es mi propio pasado el que se pone en pie para luego esquivarme entre los corredores, por detrás de los cuerpos tan voluminosos de los toneles, varados ahí como leviatanes, con inscripciones de tiza de esos rostros que han pasado antes por allí, en las noches gloriosas entre el cante y la risa, con la danza en el fuego de los cuerpos celestes. Es el mismo eco de mis pasos el que viene a decirme que hace ya más de treinta años que tengo demasiadas historias ligadas a ese espacio, privadas y públicas, momentos rutilantes en que he sido feliz. Muchos de esos recuerdos permanecen ligados a un único nombre, que es también un mundo: Pablo García Baena. Nuestro príncipe, como gustaba tanto de decir su editor Chus Visor. No solo por lo más obvio --recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1984--, sino porque Pablo era eso: un príncipe. Acudo el martes por la tarde porque se presentan los dos volúmenes de su ‘Prosa reunida’, en rotunda edición de Rafael Inglada, publicada por Renacimiento y la Universidad de Córdoba. He recibido una cariñosa invitación personal del sobrino Luis Ortiz, en nombre de la familia: y lo escribo aquí porque todo esto también es Pablo, porque desde el momento mismo de recibir la invitación tú ya estás percibiendo las maneras de Pablo. Es decir: acabas de volver a un territorio que solo con su nombre cobra forma, porque también reactiva todo tu andamiaje de memoria. La delicadeza, esa elegancia. Ese darle a cada cosa su valor, a cualquier escena o matiz dentro de un afecto.

Está claro que no voy a hablar de su poesía, ni siquiera voy a hablar demasiado de un acto que fue espléndido: muy bien la conducción cordial de Pepe Campos, en su lugar el rector de la UCO, Manuel Torralbo, y espléndidos Jesús Cabrera y la profesora Celia Fernández, que consiguieron hablar de Pablo sin decir lo de siempre, esto es: enseñando el tapiz de su prosa plástica, llena de vida y forma, impresionista al crecerse en el matiz de los ángulos ciegos del pasado, como un lecho de magma que siempre late al fondo del poema. Emocionantes estuvieron Luis Ortiz, sobrino y representante de la familia, en un recuerdo que es gratitud en marcha, y también Rafi Valenzuela. En fin, era en la Nave de las Canastas de Bodegas Campos y era todo Pablo. Un ambiente amable, con la familia allí, con los amigos, en esa cortesía chispeante que de pronto te acoge cuando llegas y que no discrimina, porque ya te ha integrado. No quiero caer en lo evidente y descubrir que solo faltaba Pablo, porque de alguna forma estaba allí. Todo ese paisaje que era el suyo vuelve a levantarse con su escenografía: Rafi lee unos textos, y escuchamos a Pablo.

Al salir a la calle vuelvo a entrar, de lleno, en la realidad: hace cuatro años que Pablo ya no está, y cada vez que paso por la calle Obispo Fitero siento que hay un mundo al otro lado de su portalón, que todo ese escenario se mantiene con su voz encendida. Pero recuerdo también --y hasta busco en mi archivo-- el recorte de periódico del 22 de enero de 2004, cuando los jóvenes poetas de ese tiempo dimos un recital en homenaje a Pablo. El pobre declaraba: «Ahora lo que quiero es vivir tranquilo». Lo recuerdo ese día, entre nosotros --que ahora somos aquellos antiguos muchachos--, como el más joven de todos los poetas. Nos miro en esa foto, y ya me faltan Eduardo García, que coordinó la lectura, y Manolo Lara Cantizani. Nuestra lista de bajas ha empezado demasiado pronto, y con gente muy querida. Pero aquella tarde de hace casi 19 años, nosotros, los de entonces, que quizá no hemos sido una generación demasiado bien avenida --más allá de ínsulas extrañas de amistad, agradecidas siempre, y lo por llegar--, sí estuvimos unidos alrededor de Pablo.

Esto lo conseguía solamente él, y es por eso justo recordar que lo que sucedió el martes por la tarde, lo que sigue ocurriendo en mi recuerdo cada vez que cruzo las puertas de los Campos, como él los llamaba -o los sigue llamando desde la eternidad- siento que estoy entrando en otra atmósfera: vuelvo a ser un poeta joven al lado no tanto del maestro, sino de alguien que ha sido mucho más joven que nosotros y que lo sigue siendo, que es un príncipe no solo de la poesía, sino de la vida, y que tiene tanto que enseñarnos sobre la prosa de Gabriel Miró y determinados giros de Cernuda como de la belleza sideral de Marlene Dietrich con esmoquin. Esto es Pablo. Esa pura alegría. Y es también su ausencia, convertida en presencia. 

* Escritor

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