Opinión | Sin fronteras

Rafael Aguilera Baena, in memoriam

Vanguardista adelantado a su tiempo, fue un artista de obra densa y dilatado recorrido

Ha transcurrido un año y parece que fue ayer. Por Francisco Aguayo supe ese mismo 29 de agosto que te habías marchado ya a la búsqueda del azul del cielo y de esa luz precisa con la que renovar tu paleta. Mientras las horas de la tarde añil y afligida se sucedían, mi corazón se enlutaba como un poco después lo haría el firmamento. Ahora me queda el recuerdo, en el que siempre apareces con bata a cuadros y bufanda, así como el disfrute de una obra grandiosa que se ha paseado durante decenios por Suiza, Portugal, Francia, Italia, Holanda, China, Japón, Colombia, México, Argentina... que ha sido colgada en museos y colecciones públicas y privadas, y una parte de la cual se halla clavada de forma permanente en mi recuerdo. Al contemplar esas telas, tras ocho lustros de trato amistoso contigo, su colorido me trae el recuerdo de tantas jornadas pasadas junto a ti en exposiciones o en encuentros callejeros; o bien con Paco, Rafi, Concha, Fátima o Yolanda, o algún conocido más, en vuestra casa-estudio, donde tu compañera de vida, la pintora y catedrática Isabel Jurado Cabañes, y tú mismo, miembros ambos de Los Novísimos y del grupo Tango, con deferencia y cariño nos acogíais con la sencillez que os caracterizaba, acompañados en ocasiones con la música y el «bel canto» de Iván y de Beatriz, vuestros vástagos, y del cómico cloqueo de un puñado de gallinas que merodeaba a nuestro alrededor. Era el más sublime de los instantes: contemplar vuestra vida íntima y cotidiana, así como la faena diaria de pintar con la sensibilidad, esfuerzo, disciplina y enorme maestría que os caracterizaba. Allí se hallaban las muñecas, el reloj parado que dejara a Cronos sin tiempo, los cacharros de cerámica, las flores, e infinidad de objetos que os acompañaron en el humilde empeño de preservar la memoria de un pintor que se inspira en la vida cotidiana. Grandes artistas los dos, con una niñez ardua ensombrecida por la posguerra, pero cuyas secuelas pronto vencisteis al arrimaros a la obra de los maestros nacionales y expresionistas europeos, quienes supieron representar a los personajes y las cosas en la esencia misma de su ser, y que os llevaron a transitar por aquella ruta mágica mientras leíais y viajabais investigando la pintura al óleo, con las técnicas y matices más diversos, en los principales museos del Viejo Continente.

El maestro Rafael Aguilera Baena (Lucena, 1943-Cabra, 2021), vanguardista adelantado a su tiempo, fue un artista de obra densa y dilatado recorrido. Cursó estudios en la Facultad de Bellas Artes de San Fernando, y en 1992 alcanzó el grado de doctor en Granada bajo la dirección del profesor Pérez Pineda con una tesis que versaba sobre su propia obra en contraste con el desarrollo del fauvismo. Le valdría la máxima nota por parte del tribunal calificador. Tras años como docente en diversos centros, ejerció hasta su jubilación la cátedra de Dibujo en el Instituto Aguilar y Eslava de Cabra. Trabajó siempre como un artista ajeno al trasiego de la moda, ejecutando centenares de óleos y dibujos con lápices de colores, grabados, cerámica, escultura, etc..., y enlazando su obra con la vanguardia histórica del expresionismo y del fauvismo y, a veces, con el comic, usando lo plástico como vehículo de un discurso narrativo. Participó en numerosas exposiciones y obtuvo numerosos premios. Su obra de rabioso colorido cuelga hoy en importantes colecciones nacionales e internacionales, habiendo merecido la atención de historiadores y críticos de arte, quienes se han ocupado de ella en libros y revistas especializadas, documentales para televisión, o largometrajes como ‘Los pintores nuevos’, presentado este último en el festival de Málaga y premiado en Buenos Aires. Con el oficio bien aprendido, fue enriqueciendo sus conocimientos, experimentando nuevas posibilidades matéricas y compositivas, o bien formas de trabajar al óleo. No faltaron en sus telas composiciones sobre personajes ilustres. Gradualmente, fue haciéndose con un lenguaje pictórico muy personal, en el que está presente lo mejor de la plástica contemporánea, que descubriera ya al aprender a dibujar antes de cursar Bellas Artes. En su obra están Nolde, Rusiñol, Mir, Anglada Camarasa, así como Goya, Velázquez u otros clásicos nacionales. También ciertos pintores vascos que se adentraron en el ser de España: así percibimos en él lo mejor de Uranga, zuloaguista y amigo del maestro; igualmente se contempla a Evaristo del Valle, a Francisco Iturrino, Darío de Regoyos, así como la obra de ciertos creadores belgas como Ensor o Meunier. Aunó la tradición de Valdés Leal y de Goya para recalar en una temática más popular, como Gutiérrez Solana, en la que no faltaron procesiones, mascaradas e incluso el flamenco. Fue toda una celebridad y amó su oficio como nadie. Ahora, cuando penetra septiembre como narciso de cal, me siento más que orgulloso de haber disfrutado de su amistad.

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