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Diario Córdoba

Antonio Gil

PARA TI, PARA MÍ

Antonio Gil

San Agustín, titular de la Feria de Hinojosa

Se ha dicho de él que ha sido uno de los cerebros más luminosos de la humanidad

Los cordobeses recuerdan hoy a Manolete, en el 75 aniversario de su mortal cogida en la plaza de Toros de Linares, y la localidad cordobesa de Hinojosa del Duque, celebra al titular de su Feria, san Agustín, obispo de Hipona, orgullo de la humanidad. Nació en África, en lo que hoy es Túnez, en un pueblecito pequeño que se llamaba Tagaste, en el año 354. Se ha dicho de él que ha sido uno de los cerebros más luminosos de la humanidad. «Pasó una juventud en plan golfo», en palabras de Félix Núñez. San Agustín fue un gran pecador. Pero tuvo la suerte de tener una madre cristiana, santa Mónica, que, a base de oraciones, muchas lágrimas y un amor incondicional, salvó la vida de su hijo. Tardó muchos años, pero al fin, Agustín se encontró con el amor de Dios a través del comportamiento de su madre. De ella recibió el tesoro de buenas obras, sabias enseñanzas, mucha fe y mucho amor. Excelentes pintores han ilustrado su vida recurriendo a una escena apócrifa que, no por serlo, resume y simboliza con menos acierto la insaciable curiosidad y la constante búsqueda de la verdad que caracterizaron al santo africano. En lienzos, tablas y frescos, estos artistas le presentan acompañado por un niño que, valiéndose de una concha, intenta llenar de agua marina un agujero hecho en la arena de la playa. Dicen que San Agustín encontró al chico mientras paseaba junto al mar intentando comprender el misterio de la Trinidad y que, cuando trató sonriente de hacerle ver la inutilidad de sus afanes, el niño repuso: «No ha de ser más difícil llenar de agua este agujero que desentrañar el misterio que bulle en tu cabeza.» San Agustín se esforzó en acceder a la salvación por los caminos de la más absoluta racionalidad. Sufrió y se extravió numerosas veces, porque es tarea de titanes acomodar las verdades reveladas a las certezas científicas y matemáticas, y alcanzar la divinidad mediante los saberes enciclopédicos. Y aún es más difícil si se posee un espíritu ardoroso que no ignora los deleites del cuerpo. La personalidad de San Agustín de Hipona era de hierro e hicieron falta durísimos yunques para forjarla. En el 391 fue ordenado sacerdote en Hipona por el anciano obispo Valerio, quien le encomendó la misión de predicar entre los fieles la palabra de Dios, tarea que cumplió con fervor y le valió gran renombre. Las ideas políticas de Agustín de Hipona deben situarse en el contexto de la profunda crisis que atravesaba el Imperio romano y de la acusación lanzada por los paganos de que la cristianización era la causa de la decadencia de Roma. San Agustín respondió trazando en La ciudad de Dios, una filosofía de la historia; la palabra «ciudad» ha de entenderse en esta obra no como conjunto de calles y edificios, sino como el vocablo latino civitas, es decir, la población o habitantes de una ciudad. Entendiendo el término en tal sentido, para San Agustín la historia de la humanidad es la de una lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad terrena, la ciudad del bien y la del mal. Entre los moradores de la ciudad terrenal impera «el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios»; en la ciudad de Dios, «el amor a Dios hasta el deprecio de sí mismo». La lucha continúa en nuestro tiempo. A menudo, el hombre de hoy vive como si Dios no existiese e incluso se pone a sí mismo en lugar de Dios. El olvido de Dios, su desaparición del horizonte y el universo de la cultura dominante, que lo ignora o rechaza, es con muchísimo el peor mal que acecha a la humanidad de nuestro tiempo. El mundo quiere hacer de Dios el gran ausente de la cultura y de la conciencia de los pueblos. Estamos viviendo momentos complicados en el mundo, en nuestra sociedad. La quiebra moral que atravesamos, no es sino quiebra del hombre, de ese hombre que no se siente querido de Dios porque lo ignora. Ahora, en estos días, Hinojosa del Duque ha vivido su Feria de san Agustín, cuya silueta se refleja en una gran imagen que se venera en la parroquia de san Juan Bautista, la Catedral de la Sierra. Recordaremos siempre su oración, una de las más bonitas de todos los tiempos, que recita en sus «Confesiones», lamentando su tardanza en «conocer a Dios»: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti, todas las cosas».

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