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Diario Córdoba

Jose Manuel CuencaToribio

Historia en el tiempo

José Manuel Cuenca Toribio

Maltrato a un gran maestro

El libro más sólido de Maravall Casesnoves es objeto hoy de penoso escarnio

Una de las tres o cuatro vigas maestras que sostuvieron el imponente edificio intelectual de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas desde su feliz creación a muy poco de iniciada en la Universidad de Madrid la travesía del denominado eufemísticamente por la historiografía actual el «primer franquismo» -esto es, el autoritarismo personal en estado genuino: puro y duro-, la constituyeron sin ningún género de dudas la obra científica y la personalidad del valenciano muy aclimatado en Madrid D. José Antonio Maravall Casesnoves (1911-86). Integrado muy pronto desde la primera juventud, una vez terminados en el Alma Mater murciana los estudios de Derecho y Políticas, a la rutilante vida cultural del Madrid del término de la primera dictadura del novecientos hispano y pródromos de la Segunda República, un Ortega y Gasset (1883-1955) en la plenitud de su ascendencia y fama española y europea no tardaría en incorporarlo a la mítica, legendaria «Tertulia» de la muy renombrada e influyente Revista de Occidente. Con tal presea en su currículo, únicamente el estallido de la por todos los motivos excruciante y bochornosa guerra civil impidió la incorporación al primer plano de la cultura hispana del joven licenciado en Derecho.

Combatiente en ella con el grado de sargento de Artillería del ejército de los autollamados «nacionales», una vez conclusa se encuadró sin demora en el recién erigido Instituto de Estudios Políticos, destacando desde el primer instante por su incesable e incesante colaboración en sus publicaciones periódicas, en particular, en su revista-estrella consagrada en tal periodo al consolidamiento de la denominada «Teoría del caudillaje», de nítida impronta alemana, bien que no necesariamente de raíz nazi, conforme es harto sabido. Integrado asimismo en las estructuras administrativas más encumbradas del Régimen, en 1946 quien habría de ser uno de los politólogos más sobresalientes del siglo XX obtuvo con todo merecimiento la Cátedra de Derecho Político de la Universidad de La Laguna, no tardando en incorporarse a la por entonces muy flamante Facultad de Ciencias Políticas de la todavía llamada Universidad Central. En unión de otras descollantes figuras docentes, a la manera y muy en primer término de D. Luis Díez del Corral o del donostiarra Paulino Garagorri, contribuyó a hacer de ella, en pleno franquismo, una de las Facultades de mayor audiencia y prestigio no solo del ámbito hispano sino de toda Europa, con un ascendiente en los cuadros y filas de la Administración del Estado difícil de igualar incluso en los días actuales, cuando, ciertamente, resulta por entero imposible encontrar alguna biografía estatal, es decir, de funcionarios del Estado en la que no conste la adscripción universitaria a tan renombrado centro de Enseñanza Superior. Asimismo la huella del magisterio del autor de ‘Antiguos y modernos. La idea de progreso en el desarrollo inicial de una sociedad’ (Madrid, 1966) o del muy controvertido ‘Las Comunidades de Castilla. Una primera revolución moderna’ (Madrid, 1963), se constata en la envidiable tarea llevada a término por algunos de los servidores de Clío más merecidamente reputados hodierno, muy en particular el que a la fecha asaz probablemente sea el mayor historiador contemporaneísta nacido y formado en nuestro país: el donostiarra Antonio Elorza -erudición deslumbradora y acribiosa, gran pulso narrativo, hondura conceptual, envidiable bagaje filológico y artístico...-.

Es muy de lamentar, empero, que los discípulos de este con hegemónica presencia en la vida pública actual y aún mayor poder en los cuadros gubernamentales hayan malbaratado sin pausa la porción más valiosa, tal vez, del admirable patrimonio historiográfico de Maravall. Como se recordará, su libro más ambicioso y sólido -’El concepto de España en la Edad Media’ (Madrid, Centro de Estudios Políticos, 1954; la última reedición es de 2002)- en el que se demuestra ‘ad sacietaten’ la existencia de tal noción en la plenitud de nuestro imantador y creativo Medievo, es objeto hoy de penoso escarnio y lacerante descalificación del lado de las hornadas más juveniles de nuestra historiografía, cuyos miembros borran y anatematizan sistemáticamente el vocablo -nada se diga del concepto o término...- España de sus estudios y escritos referidos a dicha época, como noción engañosa, falsa e ilusa. El agravio y ofensa a tal maestro llega al extremo de pretender sustituirla por la de «Península Ibérica», definición aparecida cuando menos en la andadura inicial del régimen constitucional, en los albores ya del ochocientos. Cuántos esfuerzos, cuántos afanes, tantas vigilias de trabajo incesable e idealista para dilapidación tan alevosa y lancinante.

*Catedrático

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