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Diario Córdoba

Ana Castro

El cuerpo en guerra

Ana Castro

Lo fatídico y lo inesperado

Los veranos pueden ser cualquier cosa, desde un desastre absoluto, un verdadero terremoto que desquebraja nuestras vidas (y a nosotros mismos), hasta un paréntesis curativo, algo que nunca soñamos pero que sí, resulta ser posible. Muy pocas veces son lo segundo y demasiadas lo primero. Echamos entonces en falta la terrible monotonía sudorosa de los veranos en los que no ha pasado nada y tampoco hemos disfrutado, tan solo hemos dejado que pasen mientras nos distraíamos leyendo un libro, escuchando música o atiborrándonos a series para escapar de la realidad (a menudo de la pareja o la familia).

Pero las cosas pueden ponerse verdaderamente p*tas. Este verano me lo ha demostrado. Mirara donde mirase, explosiones y desastres nucleares inesperados (metafóricos) hacían saltar por los aires aquello que pensábamos inquebrantable (o que nos engañábamos pensándolo así). Preocupaciones y más preocupaciones familiares con la salud en jaque, hospitales, citas médicas sin control...Estar lejos sin poder hacer nada. Resignarse. Llegar al siguiente pensamiento: «yo solo espero no acabar en un tanatorio o cogiendo el primer tren posible».

Este verano me ha dejado en shock varias veces y me ha hecho preguntarme qué diablos pasaba a mi alrededor, si aparte del cambio climático también mi mundo estaba abocado a... ¿Algo tan malo que no eran suficientes las metáforas para describir? He llorado, he sentido ansiedad y me he preocupado mucho. No ha sido el peor de mi vida, porque mis estándares están demasiado altos en todos los frentes, pero... Nunca había vivido un verano que afectara tanto a las personas a las que quiero. Y para mí eso llega a ser peor que lo propio (porque mis límites están ensanchados por todas partes). Por supuesto, ha levantado antiguas heridas e inseguridades (propias) y me ha hecho revivir recuerdos terribles. Sí, eso me ha hecho llorar un poco más y ha multiplicado mi ansiedad.

Por no haber, ni siquiera ha habido verbenas, con lo que me gustan... ni he comido suficientes helados. Por suerte, la vida siempre deja espacio para lo inesperado (aclaro: bueno), como en ‘Cosas que nunca te dije’ (Isabel Coixet, 1996). Y quiero aferrarme a que aún queda espacio para bailar y cantar como si fuera a acabarse el mundo, besos que resuciten, abrazos que nos pongan en orden y... Quién sabe. En el fondo puede pasar cualquier cosa, ¿no?.

*Escritora

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