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Diario Córdoba

Pilar Galán

LA CLAVE

Pilar Galán

Algo tuyo se quema

Arden Galicia, Andalucía, Extremadura, Cataluña... Los medios se llenan de imágenes impactantes de personas evacuadas que duermen sobre camas de campaña en polideportivos o se refugian en casas de familiares, de animales quemados, del paisaje desolador después de la batalla. En esas imágenes también vemos a las personas que luchan contra el fuego, con la cara tiznada, los ojos, enrojecidos y un cansancio más allá de lo humano que les pesa en todo el cuerpo. No han dormido y la madrugada les espera con la amenaza de las llamas y una lucha que no tiene fin. Acaban en un sitio y empiezan en otro. No sé cuáles son sus honorarios ni cómo es su situación laboral, pero seguro que cualquier recompensa se queda corta.

El fuego siempre ha estado presente en verano, pero no tanto. Tampoco hemos tenido nunca este calor durante tantos días seguidos, ni esta desidia que dura también mucho tiempo. A ello se une que la mayor parte de los bosques españoles siguen siendo de propiedad privada, con lo que el lema aquel del Icona «Cuando un bosque se quema, algo tuyo se quema», suena más realista corregido por el dibujante Perich, que añadió con bastante sorna y mucha razón: algo tuyo se quema, señor conde. Yo no entiendo de agricultura, ni de prevenciones. No puedo hablar de lo que no sé, aunque las redes y los telediarios se llenan de expertos que a tiro pasado como siempre opinan de lo que se debió hacer y no se hizo.

Crecen después de las catástrofes, pero nunca antes. Los que sí saben hablan del abandono de nuestros montes y de la despoblación como algunas de las causas más importantes. Tiene una lógica aplastante: si no hay nadie que cuide los campos, estos quedan a merced de cualquier elemento, no solo de la naturaleza, sino también humano. Gran parte de los fuegos son provocados, no producto del rayo o de una chispa accidental al trabajar con maquinaria agrícola. Averiguar quién se beneficia de la desolación no debe de ser tan difícil. Quién venderá la madera, quién construirá, quién no tendrá que limpiar el terreno de árboles para cualquier actividad sea la que sea. Pero yo no sé cuál es la solución para evitar que en este verano cuajado de chicharras enloquecidas además tengamos que sufrir la amenaza del fuego. Su mensaje es mucho más desolador que la pura desolación del incendio. Frente al trabajo callado y lento de la naturaleza, en un instante, todo queda destruido.

Y no solo el terreno que arde, el bosque, en manos privadas casi siempre, como he dicho, sino el turismo, la agricultura, la ganadería, el bien común, el futuro de los pueblos que se ven afectados por las consecuencias. Si ya es complicado vivir en el mundo rural, hacerlo en el mundo rural quemado debe de ser más difícil todavía. Y mientras no se toman decisiones, los montes siguen ardiendo, y sigue siendo cierto aquel antiguo eslogan: «cuando un bosque se quema, algo tuyo se quema». Sea del conde, del pueblo o de nuestros hijos, que a este paso solo heredarán humo y cenizas.

*Escritora y profesora

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