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Diario Córdoba

Antonio Varo Baena

PALABRAS PARA ANDRÓMINA

Antonio Varo Baena

Lorca, ¿poeta maldito?

La muerte criminal cercenó un 18 de agosto esa buenaventura que le acompañó gran parte de su vida

En los años setenta, en las postrimerías del franquismo, publicó Francisco Umbral un libro titulado ‘Lorca, poeta maldito’, donde sostenía esa condición al poeta. Siendo un libro muy interesante, con una perspectiva y un análisis hondo de la poesía de Lorca, fuerza sin embargo una hipótesis -el malditismo de Lorca- que es difícil de asumir. Lo justificaba en tres aseveraciones: su trágica muerte, su estética demoníaca (un «duende» luciferino) y su heterodoxia sexual.

Pero esa definición de Umbral tiene la ventaja pedagógica que condensa en una sola palabra al poeta, y la desventaja que de alguna manera lo reduce. Es cierto que el malditismo en poesía tiene un gran prestigio, ya sea por la vida del poeta o por sus creaciones. Aunque si somos rigurosos debería ser precisamente por esto último. En realidad, Lorca se situaba lejos del malditismo creador y vital de los clásicos poetas malditos como Baudelaire, Rimbaud o Lautréamont. De hecho, el propio Umbral reconoce que no hay malditismo en su vida. Y no podemos reconocer el malditismo como una desazón interior que todo poeta, malo o bueno, todo ser humano, lleva implícita. Y su vida no fue, como en los «poetas malditos» franceses, un derroche de adicciones, escándalos y hasta violencia.

Por otra parte, comparar el duende de Lorca con lo demoníaco de Baudelaire es forzar demasiado la imaginación. El malditismo no consiste en nombrar a Satán o blasfemar, que Lorca hace sobre todo en sus primeros poemas de influencia claramente rimbaudiana y simbolista. Pero más que demoníaco resulta fáustico, como motivo literario y poético. Porque el nihilismo de Lorca no bebe del satanismo o de la blasfemia sino del desencanto religioso. Sin embargo, es reiterada la referencia a lo religioso, algo que heredaría nuestro Cántico. Lorca jugó al malditismo sin poder ser maldito porque no entraba en su carácter e idiosincrasia.

Y más que cantor de tres grandes razas proscritas o malditas (gitanos, negros, homosexuales) como dice Umbral, es el cantor de los marginados y oprimidos, y si expandimos el concepto, del propio pueblo oprimido. En una entrevista de 1931 proclama: «Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío..., del morisco que todos llevamos dentro».

Pero a él no le interesa el compromiso político, aunque secundariamente lo tuvo, sino el compromiso moral y estético, el compromiso humano. La atracción de Lorca por los gitanos y los negros va más allá del componente social. Y en ello tiene que ver también el vitalismo y la música, el flamenco y el jazz como expresiones étnicas. Y lo expresa rotundamente en sus libros ‘Romancero Gitano’, ‘Poema del Cante jondo’ y ‘Poeta en Nueva York’.

Ser maldito no es fácil. Cernuda, si hablamos de 27, es el que estaría más cerca. Y ninguna de las obras de Lorca, sin excepción, podríamos encuadrarla en el malditismo poético; ni siquiera esa obra póstuma ‘Sonetos del amor oscuro’, que no es precisamente una de sus mejores y que no se publicaría completa hasta los años ochenta del pasado siglo. Los poetas malditos han sido siempre triunfantes en la posteridad y Lorca fue popular casi desde el primer momento de su vida artística.

Mas que poeta «maldito», lo sería «bendito», al que la muerte criminal cercenó un 18 de agosto esa buenaventura que le acompañó gran parte de su vida. ‘El Diván del Tamarit’, su último libro, de 1936, se considera como un libro premonitorio de su muerte, pero ¿qué libro de todo poeta no lo es? «Cúbreme por la aurora con un velo, / porque me arrojará puñados de hormigas», escribe en él.

Lo que nos interesa aquí es reafirmar esa polisemia interpretativa de la poesía de Lorca, un eclecticismo que se desborda a sí mismo, desde Góngora, Lope, Rubén, Manuel Machado, a Juan Ramón. Lorca es como un palimpsesto poético que a la vez sirve de palimpsesto a otros muchos. Cuyos efluvios aún se aprecian en poetas muy jóvenes actuales que, lo sepan o no, caminan por su senda.

* Médico y poeta

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