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Diario Córdoba

Manuel Piedrahíta

Añoranza del botijo

Acabo de saber que existe un alfarero, José Ángel Boix, natural del pueblo alicantino Agost. Practica la artesanía del botijo. Se jacta de ser un botijero de quinta generación. Antes todo el pueblo trabajaba en la alfarería, incluidos sus ancestros. Pero él no se ha quedado en el pasado, sus abuelos tenían clientes en Francia e Italia; él va mucho más lejos: exporta a Canadá. Exporta también a Holanda, allí vende bebedores de barro para perros. Cuando habla de botijos parece un experto en fruta veraniega: «La calidad de un botijo como la de un melón, puede medirse con el sonido, si suena a campana es que está perfecto». Pese a su entrega a la alfarería, cuyo origen está en Mesopotamia hace 5.500 años, confiesa su pesimismo. Piensa «¿quién va a querer ya un botijo en su casa?». Ese interrogante tiene por mi parte una respuesta: Yo tengo un botijo y todos los años a partir del 1 de julio lo utilizo y tiene su historia. Ya se celebraban en Baena unas fiestas de barrio, el Jubileo, Recuerdo siendo un niño que me extasiaba ante un puesto con botijos, cantaros, jarras, y pitos de arcilla, procedente de La Rambla. Me imagino que más de un lector argumentará: «Para agua helada, la del frigorífico». Y es cierto, nos hemos habituado a la frialdad artificial tan diferente al agua fresquita natural. Esta se consigue con el gran invento de la vasija de barro de abultado vientre, asa en la parte superior, boca para verter el agua y pitorro para beberla a chorro. La garganta no sufre inflamaciones como ahora ocurre con el agua helada. Es además una tradición que forma parte de mi existencia.

** Periodista

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