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Diario Córdoba

Manuel Torres Aguilar.

MEMORIA DE FUTURO

Manuel Torres Aguilar

Bienvenido a la política

Es magnífico que el consejero con competencia en Universidades sea de la UCO y cordobés

Una parte importante de la sociedad lleva tiempo alejada de los políticos y expresa su descontento con la actividad de los partidos, además de considerarlos un problema para los ciudadanos, como desde hace ya muchos meses nos recuerdan las estadísticas sobre estado de la opinión pública que realiza el CIS. Cualquiera de nosotros puede estar de acuerdo en parte de esas apreciaciones que muestran desánimo y descontento por el funcionamiento de los partidos y por la actitud de algunos políticos. Pero esto no significa que en personas mínimamente formadas y en responsables de instituciones públicas y privadas se pueda aceptar el menosprecio, así por principio, de la política y del noble ejercicio de la misma.

No descubrimos absolutamente nada cuando nos remontamos al mundo clásico para recordar dos máximas que enseñamos a nuestros estudiantes de primero de Derecho: el hombre --el ser humano-- es un animal político, el ‘zoon politikon’ de Aristóteles; y el aforismo romano ‘ubi societas ibi ius’, donde hay sociedad hay derecho. La política, entendida como el oficio de gestionar lo público, de organizar la vida en sociedad, de regular el ejercicio del poder, es absolutamente imprescindible para los seres humanos, toda vez que somos seres gregarios.

Por todo ello, no entiendo cómo se utiliza en ocasiones casi como un insulto. Y menos aún, que responsables y representantes institucionales señalen como virtud ser apolítico. No hay una estadística sobre la cuestión, pero puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que casi la totalidad de los que esto afirman, personalmente defienden posturas políticas conservadoras o liberales y, lo que es peor, hasta algunos de extrema derecha. Se autodefinen como apolíticos, pero no toman en consideración --o pretenden engañar a la ciudadanía-- que cada uno de sus actos, decisiones, actitudes u opiniones, es un acto con trascendencia política. Todos somos políticos, todos adoptamos posiciones en nuestra relación con los demás que tienen una componente política. Nos gusta más o menos determinada ideología, adoptamos o no determinadas creencias, sean religiosas, filosóficas o morales, apostamos por pagar más o menos impuestos, nos parece mejor o peor que nuestro gobierno invierta más o menos en sanidad, educación o armamento, somos partidarios o no de las escuela pública o la concertada o la privada, nos gusta más o menos la seguridad pública o la privada, etc., etc. Con esos ejemplos creo que basta para justificar por qué somos seres políticos, pues cada una de esas opciones es una opción política.

Cosa bien distinta es que alguien o muchos puedan afirmar que son apartidistas. Es decir, que no tienen una militancia comprometida con un partido político y que unas veces votan una cosa y otras otra, o que están de acuerdo o en desacuerdo unas veces con la opción de unos y otras con la de otros y que no estigmatizan a unos solo porque sean de una ideología y ensalzan a otros porque sean de la contraria, pues entienden que en la vida no todo es blanco o negro, sino que en la mayoría de los casos priman los tonos intermedios o grises, más o menos claros. La mayoría de la ciudadanía está incluida, pues, en este grupo de apartidistas.

Por ello, me sorprendo mucho de que en varias declaraciones públicas que uno puede encontrar con facilidad en las hemerotecas, se ensalce por alguno de estos representantes institucionales como un valor fundamental de sí mismo ser apolítico. En alguna entrevista se llegó a afirmar que la institución en la que en ese momento estaban no podía ser un trampolín para saltar a la política. Y lo hacen, como decía más atrás, casi afirmando el carácter perverso de servicio público que la política representa. En este mismo Diario CÓRDOBA, hemos podido leer incluso declaraciones en las que se afirmaba que asistir a un acto de un partido era poco menos que sinónimo de dependencia política, o que pasar a ocupar un cargo en política era como una puerta giratoria, cuando todos sabemos que el símil de las puertas giratorias se hace para denostar justo lo contrario: abandonar la política y aprovecharse de ella para saltar a cargos en consejos de administración de empresas que los utilizan, a cambio de jugosos salarios, como lobistas para presionar a los que luego ejercerán labores de gobierno público.

En la reciente campaña rectoral, uno de los argumentos utilizados por una de las candidaturas era defender su apoliticismo y criticar al candidato, a la postre vencedor, por tener un pasado de militancia política. Eso, entre quienes aspiran a gestionar una institución pública, no solo es injusto, es simplemente no entender qué es la política. En todo caso, querían decir, supongo, que eran apartidistas, pero no apolíticos. Quien va a gestionar lo público nunca puede afirmar que es apolítico.

A mí no solo me parece legítimo sino necesario que un representante institucional, en cualquier institución, tenga su propia ideología y sus preferencias políticas. Es necesario que nuestros representantes muestren su compromiso político, su afinidad, su opción por una u otra ideología o, si lo prefieren, por una u otra forma de gestionar lo público. Eso aporta transparencia --qué palabra tan manoseada en estos tiempos--, sinceridad, claridad, porque de ese modo los ciudadanos, los administrados, entendemos mejor la razón de sus opciones, de sus actos, de sus declaraciones. Con ello podremos apoyarlo o no con más nitidez, estar más o menos de acuerdo con su forma de hacer o decidir. En definitiva, será más sincera su actuación siempre política.

Cuando se huye de la política o los políticos se está dejando el espacio a quienes practican el autoritarismo, la anti política, el populismo o directamente la dictadura. Qué mejor ejemplo que el dictador Franco, cuando decía a sus ministros: «haga usted como yo, no se meta en política». Claro Franco era apolítico, toda la política era él.

Por todo lo anterior, me congratulo y doy la bienvenida al mundo de la política a nuestro exrector. Es magnífico que el consejero con competencia en Universidades sea precisamente de la Universidad de Córdoba y cordobés. Me alegro porque haya comprendido, después de estos ocho años, que él sí es político, que ha hecho y hará política, ahora claramente desde una opción, en favor de la ciudadanía. No, no se confundan. Cuando se afirma que tiene un perfil técnico, lo que se está diciendo es que es un experto en las materias de su competencia, pero no que sea apolítico. Y cuando se dice que es independiente solamente se afirma que no está afiliado a un partido. Pero todas y cada una de sus decisiones serán políticas porque estarán dirigidas a organizar la polis, en su caso en la materia de Universidades. También será corresponsable de todas las decisiones políticas que se aprueben en el Consejo de gobierno de la Junta de Andalucía. Yo no lo voy a criticar por esa opción política con la que se ha comprometido, justo al contrario, lo felicito y me congratulo porque sé que lo hará bien, mimbres tiene para ello. Fuimos durante siete años compañeros del mismo equipo rectoral en el rectorado de José Manuel Roldán. Nos conocemos muy bien y por ello sé que Moreno Bonilla ha hecho una buena elección para esa Consejería. Le doy la bienvenida a la política, de la que nunca estuvo fuera, y le deseo toda la suerte, porque si su gestión es buena esto nos beneficiará a todos los andaluces y andaluzas.

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