Kiosco

Diario Córdoba

Ángela Labordeta

EL TRIÁNGULO

Ángela Labordeta

No desmonten nuestras expectativas

Hay un ruido de fondo que suena incierto, una interrogación que solo el tiempo desvelará, un apretón de manos que esconde trampa y sobre la mesa de la cocina quedan restos de pan, una bolsa de pasas y dos billetes de lotería que alguien olvidó, porque solo escondían tinta y ni un solo euro.

Durante la comida nadie dijo nada -de eso fue consciente la madre-, todos veían el informativo con España quemándose y la mano del hombre detrás de alguno de esos infiernos en llamas. La niña mediana pensaba en su novio que cada día le parecía un poco menos astuto y le resultaba cargante y torpe y a sus diecinueve años se preguntaba que por qué seguía con él si era un tipo poco intuitivo y ni siquiera tenía arrestos para hacer algo por lo que ser recordado. Definitivamente la niña mediana en esa comida llegó a la conclusión de que esa misma tarde le daría puerta sin darle muchas explicaciones, diciéndole básicamente que no desmontara sus expectativas, que él era un tipo vulgar y ella quería una vida lejos del barrio, las litronas, los colegas y toda esa mierda que era aburrida y pobre. El niño pequeño, cada día más aislado, no pensaba en nada, solo comía y escuchaba un ruido de fondo que era incierto, algo así como una nevera averiada; él sabía que no podía hablar de muchas cosas y menos decir que su familia le daba pena con una mamá llena de complejos, un papá sin valor, una hermana demasiado hermosa para esa casa y un hermano mayor que era simplemente un enfermo mental y por eso sabía que tenía que escapar de allí cuanto antes, antes de que todos ellos desmontarán sus expectativas y lo convirtieran en ruina. El hermano mayor no pensaba en nada en esa comida, como no pensó en nada en la comida del día anterior ni lo haría al día siguiente, solo saboreaba las cucharadas que su madre le acercaba hasta la boca con la única expectativa de seguir respirando y dejar que el sol acariciase su rostro cuando la madre lo dejaba postrado y limpio sobre la cama. El padre, quizá, era el único que realmente estaba escuchando el informativo y con cada titular se enfadaba más y más y pensaba que su mujer y él ya estaban cagados, pero sus dos hijos pequeños tenían que volar y ser felices y por eso jugaba y seguiría haciéndolo, para que un día ellos pudieran ser dueños de sus vidas y así reírse de todos aquellos que una vez quisieron desmontar sus expectativas. La madre fue la única que quiso decir algo en aquella comida, pero calló porque sus palabras si las pronunciaba iban a desmontar las expectativas de todos, incluso las de su querido niño mayor sin expectativas.

Compartir el artículo

stats