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Diario Córdoba

Juan M. Niza

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Juan M. Niza

Personajetes de verano (y II), efectos del calor

Conviene ignorar, pero nunca olvidar por la cuenta que nos trae: hay que mantenerse vigilante

La semana pasada, y aprovechando que el veranillo se presta para ello a la hora de analizar la actualidad de un modo más ‘ligero’, me apoyé en la figura de un ‘personajete’ que conocí hace años para hacer una reflexión sobre el empleo público que se está creando en el país. Y es que se pueden realizar grandes análisis hasta del mal ejemplo que nos proporcionan algunos de esos prepotentes gilipollas con los que , afortunadamente, de tarde en tarde nos cruzamos por la vida.

Por ejemplo, aquel autónomo que me calentaba la cabeza sobre la corrupción de los políticos y a la vez presumía a voz en grito en el bar de no facturar ni el 10% de sus ingresos, mientras que otros trabajadores por cuenta propia están currando horas y horas no solo por ellos mismos, sino para pagar a sus asalariados. Al respecto, aún tengo que ver qué es lo que se ha propuesto para los autónomos tras el último acuerdo entre el Gobierno y las asociaciones del sector.

Otro caso similar es el de algunos (no muchos) prepotentes que se hacen empresarios (que por cierto sigue siendo la profesión con menor cualificación académica de la actualidad) y automáticamente no solo se ven licenciados en las más variadas carreras (particularmente Ingeniería, Derecho, Periodismo y, por supuesto, Empresariales, Ecocomía y Política), sino que encima ‘otorgan’ los títulos académicos que quieren a los familiares a los que les regalan un puesto de trabajo, en lugar de buscar a profesionales eficaces. Extrapolándolo a la situación nacional, a mi memoria me vienen algunas propuestas sociales y económicas de una patronal que no parece enterarse de que un trabajador pagado dignamente será un futuro buen cliente de la suya y del resto de empresas.

O cuando uno se ha cruzado en la vida con personas con muy poca sensibilidad que utilizan la excusa de que «yo soy muy claro» para disimular que en realidad es un maleducado que no sabe decir las cosas de otra manera. Ser claro nunca ha significado ser grosero. El ejemplo tendría también su reflejo en el actualidad, por ejemplo, en cómo se estuvieron perdiendo las formas en la clase política y en las instituciones más serias en los últimos años, aunque da la sensación de que se está frenando esta deriva.

También están esas personas que son lo más afables del mundo pero que en el momento que reciben la más pequeña responsabilidad y mando se transforman en un tirano. Ya saben: «Si quieres saber quién es Juanillo... dale un carguillo». Hace mucho, en una de mis primeras columnas en este medio, definí este efecto como el del ‘Síndrome del portero de discoteca’. Ahora, y ya pasado el tiempo, mis disculpas a los controladores de acceso a estos locales nocturnos, con los que no he tenido ningún problema en las últimas dos décadas. Aunque es cierto que es justo el tiempo que llevo sin ir de discotecas.

En fin, que los ejemplos de personajillos son casi infinitos. Pero el propio verano, que aligera las ganas de pensar, también con su calor rebaja los ánimos para cabrearse y recordar a personas que amargan la vida, así que iré a la conclusión definitiva: de todos estos ‘personajetes’ a ignorar, nunca a olvidar por la cuenta que nos trae, la mejor lección que podemos obtener es la de permanecer vigilantes para, en la medida de lo posible, no llegar nunca a imitarlos ni a repetir sus papeles de maltratadores. Con eso ya creo que hacemos bastante.

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