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Diario Córdoba

Miguel Ranchal

Viva Las Vegas

Uno de los paradigmas del sueño americano, donde la mafia de los años 30 hizo brotar tragaperras

No entramos en la polémica del tamaño, pero desde luego el nombre sí que importa. Que se lo digan a los Pontífices, que tienen el privilegio de emular a Benjamin Button, esa edad en la que fabulamos como Jardiel Poncela con echar freno y marcha atrás. La elección personal del nombre del bendecido por la fumata blanca es toda una declaración de intenciones. El Papa Ratzinger dio muestras de dinámico tradicionalismo sumando otra muesca a los Papas Benedictos (XVI, por más señas). Bergoglio, sin embargo, se puso el mundo por montera e hizo caer al Cónclave en que ninguno de sus 265 predecesores había llevado el nombre del santo de la pobreza, todo un oxímoron de humildad.

Aunque para fabular con morbosidades vaticanas, imagínense que el flamante Obispo de Roma eligiese Sixto para sustantivar su pontificado. Lo malo no es el nombre, sino su ordinal, pues Sixto VI sería provocativo (dos seis y el tercero para invocar el Apocalipsis).

Tan importante es el nombre que a punto ha estado de dinamitar el histórico acuerdo de fusión de dos municipios. Don Benito y Villanueva de la Serena estaban destinados a salvar las turbulencias de la nomenclatura. Tras dos gatillazos previos propiciados por estetas de buena voluntad, parece que el nuevo topónimo finalmente será Vegas Altas.

He mentado al papable Sixto VI, pero ya de por sí el acuerdo de ambos consistorios podría contener una incongruencia semántica. Conforme la definición de la RAE, aparte de llano y fértil, Vega es un terreno bajo. Así que empiecen a cuadrar la bajeza orográfica de la definición con la altura de miras del acuerdo. Desde luego, no está en las intenciones de este articulista poner chinas en este consenso. Las contradicciones son el motor de combustión del quehacer humano. Y hay palabras bendecidas por la evocación.

Vega es un sustantivo eufónico; corto, que no se pega en la lengua por los rigores climáticos, facilitando su vocalización. No suele usarse para las mascotas, aunque designa a la más brillante de las estrellas de la constelación de Lira. Pero la referencia inevitable de la futura tercera ciudad extremeña se sitúa allá donde el Madrid y el Barça han jugado el clásico de la pretemporada. En un país donde los ultraconservadores cristianos evangélicos están zarandeando las costuras de la democracia, Las Vegas se presenta como el milagro pagano de las monedas que emanaron en el desierto. No fueron los apóstoles, sino los adelantados de la mafia los que en los años 30 hicieron brotar las tragaperras y las ruletas con su cayado de calibre recortado. Las Vegas es uno de los paradigmas del sueño americano, allá donde se monta una escuela de sirenas pese a que la pluviosidad es cicatera e inmisericorde en el desierto de Mojave.

Allí está el otro sueño, casarse de verdad o de mentirijillas con paquetes organizados que te permiten contratar el desposorio en la capilla Graceland, incluyendo en el paquete que Elvis acompañe a la novia al altar. La prometida tendrá muy difícil pegar la espantá si un buen franquiciado del fantasma del señor Presley canta en esos momentos ‘Can’t help falling in love’.

Si yo fuera alcalde de Don Benito, hubiera visualizado este cuento de la lechera, más aún con el escarnio del AVE extremeño, cuyas pifias no se recomponen cortando las cabezas de técnicos de ADIF cual reina de corazones. Al socialismo de Pedro Sánchez le ha salido rana el baluarte andaluz y ahora intenta la remontada con la doctrina de Bugs Bunny («¿Qué hay de nuevo, viejo?»), que acaso no sea suficiente. Pero, por soñar, que vivan Las Vegas y más si son contradictoriamente altas.

* Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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