Opinión | LA RAZÓN MANDA
Un mes después del terremoto
La moderación es virtud muy apreciada en Andalucía, un pueblo descendiente de los tartesios
Hemos estado 30 días, con los ojos y los demás sentidos bien despiertos, reflexionando sobre el terremoto político --por lo menos, de intensidad 7 en la escala Richter-- con epicentro en la Andalucía que fue un feudo socialista desde que Felipe González refundó el PSOE en Suresnes.
El origen del seísmo electoral lo situamos --difiriendo de Alfonso Guerra-- en el desasosiego que producía la posibilidad de que hubiese un gobierno de coalición, con Vox cortando el bacalao. Inquietud que trasladó bastantes votos de tradición socialista a las papeletas conservadoras. El miedo es capaz de producir tales mutaciones.
A continuación, hallamos como causa explicativa del suceso, el talante moderado --ni grita, ni considera enemigo al adversario-- del malagueño Juan Manuel Moreno, exhibido durante la legislatura que hubo de interrumpir porque los ultra franquistas lo coaccionaron con los presupuestos y él, tirando por la calle de en medio, convocó las elecciones que lo han catapultado al séptimo cielo, pues la moderación es virtud muy apreciada en Andalucía, un pueblo descendiente de los tartesios que, según la Biblia, comerciaban con el rey Salomón y, desde luego, más sabio de lo que cree el exhonorable Jordi Pujol.
Dicho carácter conciliador de Moreno Bonilla, a la hora del sufragio, ha primado sobre la valoración de sus acciones de gobierno y está en consonancia climática con los nuevos aires que ha traído al PP, antes de pronunciar palabra, con solo su presencia, el gallego puro Núñez Feijóo. Fenómeno perfectamente verificable pues, al día siguiente de obtener la presidencia nacional de su partido, la formación subió como espuma en las encuestas. Señal inequívoca --no hallamos otra explicación-- de que el pueblo soberano, al igual que muchos de sus compañeros de partido, estaba hasta la coronilla de los dirigentes anteriores: dos niñatos faltones, alabados por Aznar pero políticamente tan torpes como el Rivera que finiquitó su partido en un santiamén.
Es muy probable que el movimiento sísmico no tenga réplicas importantes en las elecciones municipales, que suelen ir por otros derroteros, pero será muy difícil que se libren de ellas los comicios generales; sobre todo, si el PSOE y su izquierda siguen incrementando la abstención. Es evidente que Sánchez, con las medidas adoptadas la semana pasada, está anticipando la estrategia que seguirá para reparar los daños producidos por el devastador terremoto, pues la mayoría absoluta andaluza le ha roto el argumento, muy electoralista, de que el PP y Vox siguen siendo uña y carne.
Como no somos la sibila de Cumas, nos es imposible predecir qué suerte electoral correrá Feijóo en las próximas elecciones generales pero, de momento, se le ha aparecido la Virgen de Fátima, en forma de éxito vicario, con la mayoría suficientísima lograda por el suave Moreno Bonilla, que no pierde comba para presumir de una moderación hábilmente convertida en su santo y seña.
El presidente de los conservadores, que ahora vive en la inercia desencadenada por el momento dulce de su partido en Andalucía, la puede convertir en firme esperanza, si logra que el PP sea la formación de centro-derecha que nunca fue aunque siempre presumiera de serlo. Para ello, es necesario -lo venimos escribiendo desde 1982- que se aparte, terminantemente, de la extrema derecha paleofranquista. Circunstancia que, hasta hoy, no ha sucedido de manera indudable. Por eso, dijimos abundantes veces, que resultaba increíble que en el país con más reaccionarios de Europa --el de las guerras carlistas y la contienda bárbara del 36-- no hubiera extrema derecha, cuando en Francia alcanzaba varios millones de sufragios.
Brevísimo resumen: el gran terremoto andaluz del 19J es probable que vuelva a temblar a nivel nacional, si el PP reniega para siempre del facherío, gestiona sus autonomías y grandes municipios con habilidad y humildad, sin recortar logros sociales, cumpliendo a rajatabla todos los artículos de la Constitución y enterrando para siempre la corrupción metódica que Rajoy conocía y, tácitamente, toleraba. Entonces, podrá tener el futuro bastante despejado porque en tiempo de crisis extraordinaria, con los tomates costando un Potosí --lo ha escrito, con fina sorna, María Olmo en estas páginas-- y numerosas gentes pasándolas canutas, no es cosa rara que la soberanía popular quiera cambiar las tornas, aunque -¡por fin!- un presidente español habla en inglés, normalmente, con los gobernantes mundiales y sea de justicia reconocer --como han hecho los líderes occidentales, encabezados por Biden-- que, en la organización de la cumbre OTAN, el Gobierno ha rozado lo perfecto, poniendo por las nubes la marca España.
* Escritor
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