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Rafael Mir Jordano

Elogio de una plaza

En mi ya larga vida he hecho muchos kilómetros por tierra mar y aire. Por ejemplo: he ido de turismo a Moscú y de safari a Sudáfrica y he cruzado varias veces el Atlántico. Y siempre he retornado al lugar de partida: esta bella plaza de San Nicolás a la que he estado asomado desde mi niñez. Esta querida plaza que sobrevivió a la supresión de los azulejos de Anibal González en sus bancos y a la instalación de los sobrios aros olímpicos de cemento. Pero siguen el pavimento de chino cordobés y sus airosas y altísimas palmeras.

Y todo al amparo de la recoleta iglesia fernandina de San Nicolás en la que se venera al Señor de la Sentencia, en escultura que mi padre encargó y pagó a Martinez Cerrillo.

Esta plaza es un lugar ideal para reuniones, con independencia de la simpatía o antipatía con que nos sirvan el café o la cerveza.

Hace años Carmelo Casaño y yo creamos una tertulia semanal cafetera que nos ofrece interesantes conversaciones sobre temas de arte y cultura sin asomo de petulancia. Siempre acudimos a ella con ánimo de escuchar y nos vamos con ganas de volver.

Pienso que debemos estar bien emplazados.

Yo desde luego yo lo estoy.

En esta mi plaza la palabra ajena y la cerveza fría se reciben con gusto.

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