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Francisco García-Calabrés

Cambios y metaverso

La transformación es una realidad, y el hecho de que quien no se adapte está perdido, también lo es

Ya es un clásico afirmar que no vivimos en una época de cambios, sino en un cambio de época. «El cambio es la única constante», escribía en el 500 a.C. Heráclito de Éfeso, uno de los presocráticos más influyentes del mundo antiguo. Y sus palabras, por mucho que los años pasen por ellas, siguen teniendo cabida y reflexión en nuestros días. Vivimos en el mundo de la velocidad, de la tecnología, de la modernidad líquida según Zygmunt Bauman... el mundo de los cambios. Y el ritmo vertiginoso al que estos se acercan me preocupa y estremece, pues como ciudadano y persona que aún posee un corazón que se emociona y conmociona, que siente y late por tanto y por todo, por la ética y el prójimo, por la sociedad y lo humano, temo que la tecnología revolucione todo de un segundo a otro, estableciendo una realidad que escape de mi comprensión, menos humana y más metaverso, menos solidaria y puramente comercial, con menos corazón y completamente automatizada.

No debe de ser una sorpresa que mencione el Metaverso, el mundo virtual de Meta (antes Facebook) que tantos titulares ha ocupado las últimas semanas, como una de las preocupaciones de los pensadores de nuestro tiempo. Este mundo paralelo totalmente nuevo, al que accederemos a través de gafas de realidad virtual y otros complementos, crea una especie de realidad alternativa en la que podremos hacer las mismas cosas que hoy día hacemos fuera de casa, y muchísimas más, sin movernos de la habitación: reuniones de trabajo en una oficina virtual, ir de tiendas en negocios virtuales, circular un coche virtual, asistir desde el sofá a un concierto de rock en Londres o a una final de champions en Paris... Todo acompañado, cómo no, de la economía de las criptomonedas para hacer pagos virtuales. Concepto que a mí se me sigue escapando. Espero no ser el único. A algunos les consuela que en este mundo nos represente un avatar, quizás algo maqueado y estiloso que mejore el modelo de origen, que será capaz de interpretar nuestras expresiones faciales para transmitirle al resto cómo nos sentimos. Pero a mí se me hace un nudo en la garganta solo de pensarlo, pues no quiero que llegue el momento en el que mi cuerpo se acostumbre a no tener el calor de un abrazo, el tacto de una palmada de ánimo en la espalda, o normalice el brindar los mejores deseos sin sentir el peso de una fina copa en las manos y el delicado aroma y sabor de un buen caldo en el paladar.

De las criptomonedas, el metaverso, y más que estará por venir, ¿estoy obligado a subirme en su tren?, ¿me dará tiempo a hacerlo?, ¿quiero hacerlo?. Lo tangible siempre ha reportado más seguridad. Algo que tengo claro, no obstante, es que antes de responder a mis preguntas, tendré que informarme. La formación y la educación siguen siendo piezas claves: formación en lo digital. La UE, por ejemplo, ya trabaja en un «macro hub» para dar un impulso a la transformación digital de nuestra economía, pues si el 99% de las empresas son pymes, ni siquiera el 20% de ellas tiene un porcentaje alto en digitalización. Por otro lado, las empresas en Reino Unido invertirán el 4% de la facturación en digitalizar a su compañías y formar a sus empleados, cambios que afectarán al 15,3% de los trabajadores. Todo sea por la cuota de mercado y la competitividad, de la que siempre quedan atrás muchas generaciones, barrios y familias de rentas bajas.

Los cambios son una realidad, y el hecho de que quien no se adapta a los cambios está perdido, también lo es. O quizás no, si la inteligencia artificial es más artificial que inteligencia. Solo espero, por muchas vueltas que den las cosas, no olvidarme de los pequeños detalles, aquellos que más nos humanizan y más luz aportan a nuestra complicada sociedad. Un abrazo sincero, una caricia tierna, una mirada cómplice o un dulce beso, no tienen cabida en un mundo que vaya más allá de lo humano. Y aseguro que no miento cuando digo que necesarios son.

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