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Diario Córdoba

Francisco García-Calabrés

Sin nombre

Por nacer donde no eligieron, son infraciudadanos sin derechos, sin pagas ni subvenciones

Conozco bien a Moriba, a Assane, a Moussa, a Elisau, a Mahamadou, a Osei, a Enmanuel y a tantos otros como ellos. Apenas sobrepasan los 20 o 24 años y su piel negra, sin titubeos, nos delata su origen al otro lado del desierto del Sahel. Han dejado padres y hermanos, joven esposa que les espera, e incluso hijos pequeños, en Ghana, Mali, Senegal o Nigeria. Casi todas las semanas acuden a mi despacho, a veces previa cita y muchas sin ella, y me llaman continuamente para preguntarme cómo van sus papeles. Llevan 4 o 5 años sobreviviendo en España, dando tumbos de un lugar a otro, durmiendo hacinados en pisos, casas viejas o naves, trabajando en todo lo que les sale, a veces con salarios miserables de vergüenza y jornadas interminables, sin días de descanso y en condiciones inhóspitas, en los trabajos que nadie quiere. Ahora tienen una oferta sólida de empleo, de una empresa que ha querido documentar su propia solvencia y aportar la numerosa documentación que se exige. Han acreditado su empadronamiento y su arraigo social, su carencia de antecedentes penales, aportado su pasaporte y pagado las tasas administrativas... Y llevan 6 o 7 meses esperando, la empresa y ellos, que se resuelvan sus expedientes, a veces ni siquiera incoados, pese al desconcierto de todos y el vencimiento de todos los plazos legales.

Tienen miedo a salir de su entorno, a que la policía les pida la documentación de una residencia que aún no tienen, en una estación de autobuses o a la puerta de unos grandes almacenes. Hablo con ellos, trato de escucharlos con sosiego, de comprender sus inquietudes, de acompañar su frustración y rebeldía, sus expectativas y necesidades, sus ansias por documentarse al fin. Aspiran a volver a ver a sus familias, a unos padres a veces mayores o enfermos, a tener un trabajo digno, a ir por la calle sin miedo a ser detenidos, a establecerse y cumplir los sueños que un día les indicaron el camino de partida. Por la desfortuna de nacer donde no eligieron, son infraciudadanos sin derechos, sin esas pagas y subvenciones que la fantasía popular, la ignorancia de unos y la maldad de otros les atribuyen desde la mera inventiva. Me cuentan la tragedia de los hermanos que murieron por enfermedad, el pastoreo de sus padres, las malas cosechas de estos años, los 18 o 20 meses que tardaron en atravesar medio África hasta llegar a la costa, y los compañeros de travesía que enterraron por el camino. Conozco sus cuitas y miedos, sus historias desesperadas en pateras desvencijadas que cruzan alta mar en el silencio de la noche, a precio de mafia, y a temperaturas gélidas. Los he conocido cruzando la frontera en los ejes de un camión, o dentro de un contenedor, a veces hasta perder la vida por asfixia como los 51 fallecidos hace unos días en un camión en Texas. El miedo a la muerte siempre vencido por la necesidad de la vida.

Pero en estas jornadas, que veía las imágenes de la frontera de Melilla, donde permanecían amontonados cientos de cuerpos, muchos de ellos sin vida, no he podido evitar verlos también a todos ellos, y ponerles nombre e historia a cada uno. Marruecos anda presurosa cavando tumbas sin nombre para que nunca se sepa cómo ocurrió la masacre ni quiénes fueron víctimas de ella. La última ignominia. Nuestro aliado, ese que paradójicamente organizó en diciembre de 2018 en Marrakech el pacto mundial para las migraciones bajo los auspicios de la ONU, ya ha cumplido su parte del acuerdo bilateral mientras miramos hacia otro lado. Ellos ya no llegarán a nuestra puerta a pedirnos trabajo ni papeles. Pero sus gritos de lamento ahogan nuestros razonamientos y justificaciones. El grito desgarrado de la injusticia traspasa las vallas más altas y rompe los muros de nuestra conciencia, la poca que nos queda ante tanta barbarie. ¡Basta ya!

** Abogado y mediador

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