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Diario Córdoba

Miguel Ranchal

Regreso al pasado

Ahora toca armarnos hasta los dientes para mandar al carajo esa repetición de los felices veinte

Michael J. Fox recibirá uno de los Óscar honoríficos en la próxima gala de la Academia de Hollywood. El Parkinson que padece desde hace tres décadas no le ha impedido ser un ejemplo de tenacidad; esa vitalidad y desparpajo juvenil que lo convirtió en uno de los iconos de los años 80. Porque tanto invocar la añoranza de esa década; tanto hacer la wija para contactar con unos Peter Pan de hombreras y corte de pelo mullet para devolverte un siniestro retorno al pasado.

La OTAN languidecía y cuando ya habíamos superado el centenario de la Paz Armada -en esos principios del siglo XX repletos de histrionismo y soldaditos de plomo- ahora toca armarnos hasta los dientes, para mandar definitivamente al carajo esa repetición de los felices veinte. El DMC Delorean ha atravesado la puerta del tiempo, presentándose con un légamo tenebroso. Su carrocería viene empapada de la sangre de películas anteriores. Carrie se convierte ahora en la profecía de una madre fundamentalista; el vesánico desquite de los antiabortistas americanos, que emplearon su paciencia y la jactancia de un Presidente narciso para resquebrajar en el Tribunal Supremo un jalón básico de los derechos de la mujer. Ahora el aborto se convierte en un indicador económico, la movilidad hacia los Estados liberales para sellar esa leva que te exonere de la cárcel; medio siglo de retroceso para asomarte a los días del Watergate y conjurar la fractura de la sociedad norteamericana. De manera abominable, la distopía de Margaret Atwood con ‘El cuento de la criada’ se presenta más cercana.

La metamorfosis de la OTAN se fragua al conmemorar la España del Naranjito. Calvo Sotelo era la antítesis apolínea de un Presidente que busca en el espejo demoscópico sus señas de identidad. Esta España sanchista ha cambiado su timing: El luto tardofranquista de las cinco horas con Mario se trueca desesperadamente por cinco minutos con Biden. El esplendor también se permite sus paradojas: el momento de gloria de un Presidente tornadizamente republicano se fraguará en el Palacio Real. Los tibores ornamentados en la cena de gala; un menú que encelará a los franceses y el recordatorio que el edificio de Sabatini es más grande que Versalles o el Palacio de Buckingham. Claro que uno de los potentados comensales puede salirnos orteguiano y zumbonamente recordar que «yo soy yo y mis contradicciones». Por un lado, el brindis con frac y traje largo; por otro lado, parte del Gobierno manifestándose en contra del Atlántico Norte. Extraña forma de interpretar ante los estadistas occidentales, no ya el misterio de la Santísima Trinidad, sino esta versión virtual y podemizada del Quijote y Sancho.

En otra vuelta de tuerca contra Putin, Occidente liquida las transacciones auríferas con Rusia, para transfigurar perniciosamente toda la simbología del oro de Moscú. Y para contener todo amago de euforia, habría que introducir con mucho tacto en la agenda el flanco sur. El «bien resuelto» que pronunció Pedro Sánchez tras el intento de asaltar la verja de Melilla dejó desde el primer instante una estela de arrepentimiento. Seremos unos magníficos anfitriones, pero no nos luce si dejamos ese reguero de incongruencia y debilidad. No insistan, por ello, en regresar al pasado.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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