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Diario Córdoba

Rosa Luque

ENTRE VISILLOS

Rosa Luque

La Córdoba de Rafael Botí

Un nuevo libro y una exposición reavivan el vínculo del artista con su tierra

Así, ‘La Córdoba de Rafael Botí’, se titula un hermoso libro recién salido de imprenta que recoge reproducciones de algunos de los cuadros a los que el pintor nacido en la calle Almonas trasladó sensaciones y recuerdos de su tierra, las más de las veces desde la distancia en Madrid, pero sin que ese alejamiento se tradujera sobre el lienzo en añoranza ni tristeza, sino en alegrías de luz y color. Y ese es también el rótulo escogido para la exposición que se inaugura esta tarde en el centro de arte contemporáneo que lleva el nombre de «uno de los supremos pintores de Córdoba», a decir de Francisco Zueras, quien fuera colega de pinceles, crítico y gran conocedor y divulgador de su obra. Aunque si la memoria de aquel artista que olvidaba el lado amargo de la vida ante el caballete ha llegado hasta hoy intacta, o incluso crecida, se debe a Rafael Botí Torres, su hijo, que ha empleado la mayor parte de su existencia en difundir las creaciones del padre.

Fruto de su tenacidad generosa es esta nueva muestra, que supondrá la remodelación de la sala permanente en el espacio museístico de la calle Manríquez. Y por supuesto también la espléndida --en todos los sentidos-- publicación en la que ha trabajado con ahínco, superados ya los 90 años y con una rotura de cadera que le impedirá viajar a Córdoba desde Madrid para presentarla. Con paciencia y mimo, el mecenas del arte ha ido reuniendo no solo cuadros de temática cordobesa, sino textos, dedicatorias, fotos y hasta caricaturas que trazan la pasión de Botí por su tierra. Un amor al que el Ayuntamiento correspondió dedicándole una plaza en el barrio de Santa Marina, inaugurada en 1996, al año de su muerte, y la Diputación creando en su homenaje la fundación primero y luego el centro de arte, cuya colección estable parte de los fondos donados por Botí Torres, más de sesenta en un principio y recientemente redondeados al centenar.

Rafael Botí puede ser considerado el gran pintor del paisaje cordobés del siglo XX, pues no hay quien haya llevado a sus obras tanto rincones urbanos como parajes de la sierra con su misma perseverancia. Pero este empeño en captar el alma cordobesa no quiere decir, según el historiador del arte David Ledesma apunta en el libro, que el tema ocupe la mayor parte de su producción. Solo algo más del diez por ciento de la misma que, eso sí, es extensa porque estuvo pintando hasta el último día y falleció con 95 años. Muchas de esas pinturas se perdieron recién iniciada la guerra, al arder en el bombardeo de la madrileña calle Gobernador, donde vivía la familia. Cuenta el hijo, entonces un niño de seis años, que sorteando las llamas su padre se arriesgó a salvar lo que pudo. Subió al piso y bajó tres veces, cargando un cuadro en cada mano, hasta que se desplomó la escalera de madera. De modo que de las alrededor de 150 obras que guardaba --la mitad paisajes de Córdoba-- solo logró rescatar seis y un lienzo más que arrancó del bastidor y se guardó doblado en el pecho. Era un retrato de Amalia la Gitana, la modelo de Julio Romero, que fue lo primero que había pintado. Luego, en Manzanares, donde buscaron refugio en casa de unos parientes, estuvo tan afectado por los rigores de la contienda que en tres años únicamente trazó un patio manchego, tela de pequeño formato ahora en posesión del Ayuntamiento de esa localidad.

Y es que Rafael Botí «nunca abandonó --aunque no siempre estuviera en persona-- la ciudad de sus gozos, que fue, constantemente, el emblema de su identidad». Lo narra Carmelo Casaño en el prólogo del libro, donde describe con poesía y admiración las escenas campestres, patios y lugares silenciosos que evocan con pincelada suelta y una modernidad precursora los misterios de Córdoba.

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