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Diario Córdoba

Antonio Varo Baena

PALABRAS PARA ANDRÓMINA

Antonio Varo Baena

Eterno Vicente

Su poesía escapa a la vulgaridad y prosaísmo o coloquialismo imperante

Aunque no gusto de palabras rimbombantes, fáciles y trascendentes, se puede colegir veinte años después del fallecimiento del poeta Vicente Núñez el 22 de junio de 2002, que él mismo y su poesía son eternos -lo que dure la eternidad-. Porque su poesía sigue siendo de una radical modernidad. Con un apertura estética que incluye desde Catulo a los poetas ingleses, al grupo Cántico, la poesía de Hölderlin, Rilke, o el definitivo poeta italiano Leopardi en el Vicente de ‘Himno a los arboles’ o ‘Poemas ancestrales’. Y es moderna porque Vicente Núñez le dio un tono desconocido a nuestra poesía. Tono que iba más allá de los lugares comunes.

Su poesía escapa a la vulgaridad y prosaísmo o coloquialismo imperante, al manierismo de las formas, a la inautenticidad de los muchos. Por eso en él todo fue tardío, desde el reconocimiento del mundo literario al institucional o de la gente; hasta el Premio Góngora que le dio la Junta de Andalucía fue póstumo, cuatro días después de su muerte. En el prólogo de su también libro póstumo ‘Rojo y sepia’, escribí -frase que fue malinterpretada, no sé si a posta por el crítico literario Luis Antonio de Villena- que «este libro que aparece cinco años después de su muerte y veinte de su escritura, demuestra la intemporalidad de la buena poesía y es un antídoto para la poesía realista al uso». Los términos no han cambiado. Vicente Núñez supo conjugar desde su Aguilar de la Frontera natal el conocimiento poético más actual y hasta filosófico, con la tradición, el oralismo -como diría su amigo el escritor malagueño Rafael Pérez Estrada-, dándole relevancia al lenguaje que habitaba en su pueblo, para que trascendiera desde lo local hasta lo universal. Sus caminos no eran los de la vida literaria o las prebendas fáciles, sino el de la poesía que lo invade todo, hasta la vida. De hecho no cosechó grandes premios -el más importante el Nacional de la Crítica en 1982- entre otras cosas porque tampoco escribió muchos libros en un ejercicio de contención y de silencio creativo, que duró décadas, tan propio de algunos grandes poetas.

Decía también que era eterno en su persona porque si había algún poeta en que vida y obra se confundían era en él, amén de esa especial personalidad que dejaba huella en su presencia y dejó hueco en su ausencia.

Vicente amaba la paradoja, el pleonasmo, la contradicción, mas ¿qué es la vida sino una pura contradicción? Contradicción: contra la dicción, lo dicho, una palabra que se prestaría a ser escrudiñada por él. En un entrevista dijo que «la llamada definitiva es la muerte, entonces ya no se abre la puerta», pero a él sí se la abrió la llamada de la poesía, incluso la llamada de la filosofía que cultivó en un par de opúsculos, uno de título imposible como ‘El suicidio de las literaturas’, o de impronta wittgenstiniana como su ‘Teoría del acto’. Y en sus aforismos. En un libro suyo de sofismas, titulado ‘Sorites’ (publicado por Andrómina) escribe: «Viva está la muerte en la memoria de los mortales vivos». Sin duda él sigue vivo en nuestra memoria de mortal.

 ** Médico y poeta

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