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Diario Córdoba

Joaquín Pérez Azaústre

Para qué votar

La política española se ha convertido en una exposición de motivos relativamente perfilados

Creo en un territorio común para el encuentro en el que sea posible construir. Ya sé que esto puede sonar muy idealista, pero también hay gente -mucha, me temo- que cree en la justicia social y en la redistribución de la riqueza, lo que no resulta menos idealista, aunque sí más utópico. Y si necesario es tener una finalidad ética para todo planteamiento ideológico, más importante aún es crear las condiciones para poder explicarlo y sacarlo adelante. Sin embargo, creo que lo que peligra hoy en España no es el bosque de ideas de cada uno, sino las posibilidades reales de ponerlas en liza con otros discursos para tratar de hallar una argamasa, más o menos compartida, desde la que crecer. Esto no es que esté en peligro: es que no existe. La política española, y la andaluza también, se ha convertido simplemente en una exposición apenas esbozada de motivos relativamente perfilados, o incluso heredados, que se lanzan ahí, al choque más o menos directo con los adversarios. Ni siquiera importa el compromiso adquirido cuando se defienden unas cuantas ideas: las convicciones o las afirmaciones sucesivas del presidente del Gobierno son un auténtico muestrario de cómo es posible, hoy, prometer algo para hacer justamente lo opuesto; y, además, con el beneplácito cada vez más encendido de los tuyos. Ni siquiera las ideas son importantes, esto es así. Lo hemos visto en Andalucía: para algunos partidos se ha vuelto un Everest explicar su visión de Andalucía, más allá de cuatro topicazos, unas cuantas peinetas y algunos trajes de faralaes mejor o peor lucidos. Pero ¿de qué Andalucía nos han hablado? No se sabe muy bien; y, cuando no se sabe, es que no se tiene un auténtico proyecto donde constituirse. La única situación real ha sido la negación del adversario: vótame a mí porque lo que viene, si no, es el fascismo y la extrema derecha; o vótame a mí, porque, si no, lo que regresa es la Andalucía del escándalo de los eres, con coca y clubs de alterne. Este ha sido el nivel, y por eso cierta normalidad parece revolucionaria.

Sin embargo, no lo es. Lo revolucionario es el encuentro. Poder debatir ideas de verdad, que la política deje al fin de ser un espacio de ‘hooligans’ que apelan a una cierta bajeza de vivir. O Adriana Lastra amenazando con tomar la calle si gana el adversario. Este también es el nivel, cuando jubilas a la mejor generación de socialistas desde el PSOE nacional y dejas que los niños salten de sus pupitres a la primera línea. Claro que en esa generación ha habido también errores clamorosos -alguno hemos citado más arriba-, pero un escenario de derrota no puede convertirse en una excusa de confrontación. Si pierdes, mujer, felicitas al ganador, te vuelves a tu casa y una tila, o lo que sea que tomes para estas digestiones más duritas. Vivir es digerir: y antes que digerir hay que tragar, porque la convivencia exige, entre otras muchas cosas, respetar aquello en lo que no creemos. Claro que no estoy hablando de barbaridades, porque hay conductas, muchas de ellas penales -aunque no sólo- que no podemos respetar. Pero hay otro tejido mucho menos tremendo que los sucesos terribles en los que todos podemos pensar, una realidad de convivencia por la que no se apuesta. La normalidad de vivir y aceptar. Esa revolución.

Sigue pendiente. Y si algo ha evidenciado esta campaña es que se han roto puentes no sólo entre los partidos, sino con la ciudadanía. La de pegoletes que hemos tenido que escuchar. ¿Esa imagen se tiene de un electorado? Falta el nivel de exigencia perdido. Atrévete a vivir, esboza un planteamiento en que nos encontremos, porque se pueda debatir de verdad. Ese trazo común, esa osamenta. El egoísmo nunca ha sido un valor: ni en la vida pública, ni en la vida privada. El egoísmo no consigue sacarte de ti. Otra cosa es la afirmación, otro asunto distinto es la autoestima. Pero el egoísmo, el discurso incrustado en uno mismo, ni nos hace mejores ni nos salva de los populismos. Y eso es lo que quieren, lo que se busca en tantos discursos enconados: volvernos egoístas, destrozando cualquier posible sentimiento de comunidad. Y para dar ese paso hacia cualquier sendero de generosidad, a lo primero que hay que estar dispuesto es a ceder.

Sigo creyendo en el diálogo, en un respeto cultural que no consista en la vulneración de los derechos de nadie, en la oportunidad de conocernos más allá de nuestras diferencias. En salir a la calle no a imponer, sino a respetar. Y en vivir y brindar por cada trozo de cielo sobre las azoteas.

* Escritor

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