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Diario Córdoba

Joaquín Pérez Azaústre

Imágenes de Victoria Adame

Esta artista cordobesa de la imagen acaba de inaugurar una exposición en Madrid

La mirada es una construcción. No lo comprendemos al principio, porque la observación es intuitiva. Sin embargo, también existe ahí una posición sensorial previa: un sonido que te alude de alguna manera, algo que te atrae sin saber cómo, quizá el brillo rotundo de una luz cayendo en el rescoldo de la tarde sobre un edificio abandonado. Algo late ahí, algo te llama. Nos pasamos la vida abriendo mucho los ojos, como ruta de acceso a todos los sentidos. Sin embargo, son los demás sentidos los que nos conducen hasta la visión, más como concepto que como medio en sí: aplicamos también la palabra visión a cualquier proyecto que se salga de lo establecido, a una forma de ser, a una tensión, a esa ambición pura que te empuja a salir adelante de cualquier derrumbe. De alguna manera, tener una visión ya es un lugar común para entendernos dentro de un entorno. Ser un visionario. Incluso en la poesía --sobre todo, en la poesía--, y el primer título que me viene a la cabeza es ‘Las visiones’, de José Luis Rey. Cuánto de vibración encontramos ahí, en unas composiciones en las que las imágenes te asombran y conducen a otras latitudes del espíritu. La visión en sí --la poética y todas las demás-- se nutre de conceptos infinitos: es una realidad que se sitúa casi en la sustancia de los pensamientos. Sin embargo, la mirada es otra cosa: una percepción, precisamente, previa a cualquier pensamiento. Instintiva y libre. La localización de un momento, de una escena que puede perdurar, la vigencia de un gesto, el vigor de una mano, el imán de una piel. Algo que nos precede. Todo eso es la mirada, todo eso está ahí para alumbrarnos en cuanto de sorpresa encierra el mundo.

Sin embargo, la mirada se educa. Se construye. Se perfila y se puede cincelar. Lo apreciamos en una exposición, al adentrarnos en esos meandros siempre estimulantes del arte contemporáneo, que tanto alude a un mapa de sentidos en todas sus frecuencias. La mirada se nutre, se alimenta. La mirada es la vida que nos sale del pecho para enmarcar el arco del minuto del día. Como en la lectura, como en la escritura. Toda naturaleza se puede perfilar con disciplina, con amor y constancia. Sin embargo, justamente es ese equilibrio lo que me resulta fascinante, en la mirada y también en la escritura: ese pulso propio entre el instinto y la formación, entre el arrebato creativo y sus contornos de academicismo. Y ahí está todo: esa tensión del arte. En ese punto justo de cordura salvaje.

En ese equilibrio preciso se sitúa la mirada de Victoria Adame, artista cordobesa de la imagen que acaba de inaugurar una exposición en Madrid titulada ‘No toda la distancia es ausencia’. Lo ha hecho en el Museo Tiflológico, de la Fundación Once, porque entre sus series de variados registros, tonos y matices, hay una muy interesante sobre la miopía: son los barridos sobre la realidad que nos sitúan dentro de otras maneras de visión, con una empatía que también sabe hacer del arte un lugar inclusivo. En las fotografías de Victoria siempre ha ocurrido o está a punto de suceder algo, hay brillo de esperanza o de condena, de salvación o de serenidad, de enigma en el recodo de un instante o de grieta en la luz que te deslumbra, pero también te abisma en las oscuridades presentidas si el tiempo oculta tus mosaicos, esas cicatrices en la desolación del recuerdo.

En todo artista existe una necesidad de control, a veces exhaustiva, sobre lo que está haciendo. Se llama oficio. Pero también hay una fuerza irrefrenable, invisible quizá, que a veces también puede resultar muy sutil, de dejarse llevar, de sentir eso mismo que aún no tiene nombre, y no debe tenerlo. Ya tendremos tiempo de ponerle un título a todo esto: ahora hay que vivirlo. Escribe, mira: la emoción está ahí. Algo de eso hay en las imágenes de Victoria Adame --cualquiera puede acceder a ellas, es muy activa en redes--, algo de narración poética en marcha, como si pudiéramos asomarnos tan sólo al episodio de una historia, pero apreciándolo con toda plenitud. No hay que saberlo todo: hay que mirarlo detenidamente, y saber aceptar la invitación que la imagen te ofrece. En estas fotografías hay algo también de diálogo no inacabado, sino interminable, con una sucesión de idas y venidas, de silencios, entre lo que la mirada de Victoria ha visto, lo que quiere que veas y lo que miras tú. No hay imposición, sino un diálogo. Claro que hay, también, una reflexión posterior al instante decisivo de la fotografía: pero que el pensamiento nunca entierre a la imaginación.

* Escritor

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