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Diario Córdoba

José María Asencio Gallego

Entre acordes y cadenas

José María Asencio Gallego

El juez de la conciencia

Falcone y Borsellino, Giovanni y Paolo. Dos símbolos de la justicia, de la auténtica justicia

Miércoles 23 de mayo de 1992. Las campanas de la Catedral de Palermo se preparan para dar las seis de la tarde y los habitantes de la ciudad, impacientes por el inminente repiqueteo, se miran unos a otros con la firme convicción de que, unos minutos más tarde, podrán abandonar sus oficinas y regresar a la tranquilidad del hogar. Otro día más, dicen para sus adentros. El fin de semana está cada vez más próximo y eso siempre es motivo de alegría.

Pero, de repente, sin previo aviso, todo pierde su sentido. Decenas de coches de policía, ambulancias y bomberos encienden sus sirenas y recorren veloces las calles en dirección al aeropuerto. Cerca de allí, en una curva de la autopista, la explosión de un artefacto había provocado la destrucción de la vía y de tres vehículos. En uno de ellos iba el juez Giovanni Falcone junto a su esposa, la magistrada Francesca Morvillo. Ambos fallecen.

Antes que ellos, otros muchos corrieron la misma suerte. Carlo Alberto Dalla Chiesa, general de los Carabinieri, muerto por arma de fuego. Mario Malausa, policía, muerto por explosivo. Boris Giuliano, jefe de policía de Palermo, muerto por arma de fuego. Silvio Corrao, policía, muerto por explosivo. Cesare Terranova, juez, muerto por arma de fuego. Rocco Chinnici, fiscal, muerto por explosivo.

La lista es interminable. Y los culpables, conocidos por todos. La Cosa Nostra, la mafia siciliana, y su capo más temido, Salvatore Riina, apodado la Bestia y, en su ausencia, pues nadie se atrevió nunca a pronunciar esta palabra frente a él, el Corto, debido a su pequeña estatura.

Durante muchos años, esta banda de asesinos, en connivencia con algunos políticos y empresarios, llegó a controlarlo prácticamente todo. Desde aquello que revestía una apariencia de legalidad, el urbanismo y las concesiones administrativas, hasta lo enteramente delictivo, el tráfico de drogas. El dinero fluía y esto permitía comprar a muchos, más leales al vil metal que a los principios morales más elementales.

Fue entonces cuando llegó Falcone que, como siciliano, como palermitano que era, no podía soportar que su amada Sicilia fuera regada día tras día con la sangre de inocentes. Su vida estaba en peligro, lo sabía muy bien. Cada mañana al despertar era consciente de que ese día podía ser el último. Pero no le importaba. No pidió el traslado a otro lugar. Pudiendo hacerlo, no se fue a Milán ni a Roma. Prefirió quedarse y actuar como juez que era, defendiendo la legalidad y actuando contra quienes, con manifiesto desprecio por la vida de los demás, llevaban años sembrando el terror.

Del municipio de Lentini, al este de la isla, pasó a Trapani y luego, tras el asesinato del juez Terranova, a Palermo. Allí se hizo un nombre. Todos sabían que estaban ante un hombre recto, de nobles principios. Al igual que su adjunto, el juez Paolo Borsellino, inseparables ambos, hasta el punto de que los mismos ejecutores del primero, de Giovanni, días después sesgaron también la vida de Paolo.

Falcone y Borsellino, Giovanni y Paolo. Dos símbolos de la justicia, de la auténtica justicia, siempre recta y nunca en venta, administrada sin miedo, sin importar las consecuencias de realizar no sólo lo que exige un trabajo, sino, sobre todo, lo que dicta la conciencia.

Han pasado ya treinta años desde aquel 23 de mayo en que Falcone nos dejó, desde aquel 19 de julio en que Borsellino, tras haber almorzado con su mujer y sus hijos, se dirigió a casa de su madre y un vehículo aparcado frente a la vivienda explotó. Perecieron él y cinco de sus escoltas; entre ellos, la agente Emanuela Loi, la primera mujer de la policía italiana en fallecer en acto de servicio.

Hoy, el aeropuerto de Palermo lleva sus nombres: Falcone-Borsellino.

Ellos siguieron el camino que otros muchos habían tomado antes. Otros tantos les siguieron, no sólo en Italia, sino también aquí, en nuestro país, en España, azotada durante tantos años por el terrorismo.

La memoria importa. Es lo único que nos queda. El recuerdo de los que ya no están, de sus rostros, de su forma de hablar. La memoria detiene al oscuro olvido. Y si nos resistimos a abandonarla, Falcone y Borsellino habrán vencido. Nosotros habremos vencido porque sólo conociendo nuestro pasado podremos edificar un digno futuro.

«Los hombres pasan, las ideas quedan y continuarán caminando sobre las piernas de otros hombres» (Giovanni Falcone)...

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