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Diario Córdoba

Miguel Ranchal

Regates y regatas

De la polémica sobre el fallido fichaje de Mbappé a las velas de la corte real en Sanxenxo

Los Estados «no tienen amigos permanentes, ni enemigos permanentes. Solo intereses permanentes». La frase suele atribuirse a Lord Palmerston, que fue primer ministro de la emperatriz Victoria, aunque su pragmatismo trufado de cinismo es tan antiguo como la Tana. Lo difícil es verificar su extensión a otros ámbitos distintos de la política, en especial el deporte.

El efecto catártico del deporte tiene connotaciones bíblicas: el combate entre David y Goliat se presenta como uno de los primeros acontecimientos deportivos, en cuanto ese duelo purifica la lucha entre dos pueblos. Mbappé ha venido a refrescar los agravios con el francés. Una mixtura del 2 de mayo, los tráileres de tomates volcados en la frontera y la ladina actitud de Giscard D’Estaing tolerando los santuarios etarras. Los clubes Estado y la política de Estado. Macron empecinado en retener para la liga francesa el oscuro objeto de deseo de Florentino. Los jeques azuzando la alianza gala, cuando parecía que los agasajos al emir qatarí --cena de gala en el Palacio Real incluida-- llevaban en la letra pequeña un quíteme allá esos petrodólares para allanar el sueño del madridismo.

El puto dinero o el delantero felón, cualquier excusa es válida para aliviar la rabieta de la parroquia madridista, como si no fuese suficiente consuelo ganar la decimocuarta copa de Europa. XIV, en número romanos, tal que el Rey Sol, irradiando desde el Bernabéu la impronta absolutista. Y encima la final se celebrará en los dominios del PSG. Esto no es una guerra de religiones, pero si Butragueño actuase como paladín, podría decirle a Al-Khelaifi que París bien vale una misa.

Tampoco esta histeria futbolera es un debate entre Monarquía o República, aunque los dirigentes de la UEFA, ayudados por el vedetismo del crack francés, quieren convertir a Florentino en un Rey emérito. Precisamente el monarca jubilado --tan distante en su caso del jubileo-- presenció un partido en el que jugaba su nieto. De balonmano, un deporte de perfil más republicano. Pero el eje deportivo de esta visita real fueron las regatas, una práctica que, como el golf, sigue teniendo un marchamo elitista, por mucho que los triunfos de Seve Ballesteros o el jartón de medallas olímpicas ayudasen en ambos casos a su popularización.

Las velas nucleaban esa corte real en Sanxenxo. Los asuetos costeros de los ex Reyes de España se derivan hacia Poniente, como la marcha de los elfos: de las adulaciones de la Concha a la Reina Cristina, al reconvertido acomodo de la Magdalena como Universidad de verano. Sanxenxo y las regatas como guardia pretoriana del Rey que retornó la democracia y también se aplicó, como Jardiel Poncela, exilios de ida y vuelta. Un monarca que ha entrado en el Macondo de una dadaísta desinhibición y cuya pueril elisión de los propios errores afila los colmillos de quienes ansían merendarse a la Corona. Felipe VI, y aún más los españoles, puede cansarse de ese rol de buen hijo que, como en los melodramas de Chaplin, intenta recomponer las correrías de su padre. Es duro automedicarse la ingratitud del exilio, pero más lo puede ser exhibir más rendijas en una conducta no precisamente intachable que agitaría el sueño de la Tercera República. Una opción hoy lejísimos del consenso y que haría resonar el tantán de las dos Españas. La catarsis no se llama Mbappé. Pero este sábado puede ser Real.

** Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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