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Diario Córdoba

Miguel Donate Salcedo

CALIGRAFÍA

Miguel Donate Salcedo

Disfraz

Hace veintitantos años mi hermano y yo tuvimos que coger un autobús de Málaga a Fuengirola. Nada extraordinario, pero fue la primera vez que hacíamos solos ese viaje. Todos los pasajeros su-bieron, el conductor salió y no volvió. Fue acumulándose un retraso que nadie explicaba, hacía calor y el pasaje mostraba signos evidentes de irritación. Un señor con traje, de unos cuarenta años largos, que portaba un pequeño maletín negro, comenzó a gritar (con obvio acento de Madrid) que por esas cosas éramos la vergüenza de España, que aquello era impresentable, que todas las cosas las hacíamos así. Fue la primera vez que alguien me insultó por ser andaluz, sin que el motivo del insulto fuera ni con Andalucía ni conmigo. El descubrimiento: resulta que una importante proporción de disminuidos vive convencida de que en Andalucía somos una reserva nacional de la merma, y que de cuando en cuando se nos debe recordar como el que cumple un deber cívico.

Siendo andaluz, descubres qué significa Andalucía cuando sales, igual que el de fuera para desengañarse tiene que entrar. Desde fuera se roncha el potaje de defectos de habla, de vagancia, analfabetismo, mandíbulas genéticamente retraídas de rumiantes de frituras, de ferias y cantes y nocturni-dades y horteras que para derramar las esencias dicen que derraman las esencias. Se va tragando esa olla podrida de servidumbre y señoritos y lágrimas de Semana Santa, y se acaba creyendo, por mecanismos misteriosos, que realmente existen ocho millones y medio de ininteligibles bandoleros, que tienen subsidiada hasta la nota de selectividad.

El que viene y no es muy imbécil pierde el prejuicio enseguida. El andaluz que sale lo descubre, y precisamente en los desprecios encuentra la identidad. A mí me ha pasado. Y me pasa que ya reconozco la intención de ciertos comentarios. Me pasa que ya sé cuál es la intención de las cosas sin mala intención, es broma es broma, cómo os ponéis. Muchas despedidas de soltería vienen a Andalucía disfrazadas de flamencas, y no sabes si reírte del ridículo que se buscan, o cabrearte por el convencimiento que tienen de que aquí, con tal de llenar un Airbnb, nos lo tragamos todo. En feria el intento es menos grave, porque existe un esfuerzo por vestirse bien. Pero es imposible: hay que criarse aquí para distinguir entre las muchas posibilidades que son vestido y lo que es un disfraz.

Creer que el rápido juego de espejitos, alehop, encima de los lunares un mantón de Manila y a gobernar; es insultante y triste. Uno se disfraza con lo que cree que define al personaje, con las manchas de la piel del animal. Hacerse pasar por andaluza vistiéndose mal para la feria sería risible, de no ser porque el objetivo no es parecer de aquí, sino gobernar sobre la gente de aquí. El razonamiento previo es casi peor: por dios, cómo va a gobernar en Andalucía una andaluza. Los problemas de esta gente tendrá que arreglarlos alguien de un sitio serio, ¿no?

No debería representar nadie nada por lo que no le hayan insultado.

** Abogado

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