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Manuel Fernández

Feria: antología de vivencias

Nos lanzamos al laberinto de músicas, luces y colores de la calle del Infierno, en aquellas épocas, máximo exponente de la diversión juvenil

Padres con sus hijos en la calle del Infierno de la Feria de Córdoba, este sábado. FRANCISCO GONZÁLEZ

Los 40 grados casi nos asustan en esta última semana del mes en la que Córdoba celebra su Feria. Quizá por eso acabo de pisar aquel recorrido vital que empezaba en el quiosco de prensa que todavía existe (aunque cerrado) frente a la cafetería Belle Epoque, al lado de la Comisaría de Fleming. Cuando todavía se vendían periódicos, un noble ejercicio que aún practican algunos amigos, entre ellos el profesor de instituto José Antonio, de Zarza Capilla, pueblo del partido judicial de Castuera, lugar de donde son hijos adoptivos los Estopa. Caminando hacia el corazón viejo de la ciudad paso por el bar Millán, donde me trajeron mis padres cuando venían a verme al Seminario y a mí me daba vergüenza cuando abrían la caja de zapatos con la comida dentro, cuchillo incluido. En este itinerario de las emociones de Feria no puedo olvidar, además de los fuegos artificiales, aquella noche en que salimos con las muchachas de la limpieza del Seminario por el Paseo de la Victoria, cuando la Feria se adornaba con sus jardines. Seguro que sus miradas, aquella inocente noche, mientras aguardaban, reflejarían el desasosiego que provoca el rompimiento de la norma, y el temor a un despido por pasear, en sitio inadecuado y a deshora, con jóvenes llamados “a misiones de más alto calado”. Pero la magia del azahar de mayo en Córdoba suele provocar estos contratiempos. Sobre todo para quienes habiendo escrutado todos los misterios de las ventanas abiertas al embrujo de los fuegos artificiales necesitaban grandes puertas que atravesar por las que descubrir vivencias aún inéditas. Como las de la huerta del Seminario, por ejemplo, que daba al río. Desenroscamos los goznes de la gran puerta de hierro, los volvimos a colocar, sin apretar, cuando hubimos traspasado la frontera entre lo establecido y lo prohibido y, embaucados y guiados como por un invisible Flautista de Hamelín, seguimos la dirección de la algarabía de la Feria, que se hacía irresistible Campo Santo de los Mártires arriba, por donde los Baños Califales dormían el sueño del abandono. El Paseo de la Victoria, un derroche de luces nunca contemplado y siempre imaginado en el oscuro interior del solitario dormitorio, se nos antojó un paraíso ajeno, al que nunca podríamos acceder, al menos en horario establecido. Pero aquella noche de mayo, ya sumidos de lleno en la tentación, decidimos que toda regla tiene una excepción e hicimos nuestra aquella sentencia que decía que Dios escribe a veces con renglones torcidos. Y nos lanzamos al laberinto de músicas, luces y colores de la calle del Infierno, en aquellas épocas el máximo exponente de la diversión juvenil. Al vértigo de los cacharros unimos el temblor pubertón que nos producía consumir algunos minutos de vida en compañía de muchachas que, al día siguiente, al encontrárnoslas de frente en los largos corredores del Seminario haciendo la limpieza nos mirarían con la complicidad de un secreto compartido. Aquella noche del mes de mayo en Feria, cuando la puerta de hierro de la huerta del Seminario, que daba al río, volvió a girar con sus goznes bien apretados y el gran caserón dormía en el profundo sueño de la santidad, unos muchachos, impregnados del olor dulzón de los algodones de azúcar, revivían en la soledad de sus dormitorios una aventura –de la que no quedó constancia oficial en partes de mala conducta-- que a aquellas horas se les antojaba imposible. Lo que sí quedaron grabados en nuestra antología de vivencias fueron aquellos llenazos espectaculares de la Caseta del PCA, con tortillas y pimientos a precios populares, o la contemplación, con inusuales vasos de cristal, de las valquirias bronceadas de Alianza Popular, que marcaron época en aquella caseta de los Jardines del Duque de Rivas, al lado de la mortecina UCD y de Los verdes de Alberto Morales, de bebidas blandas. Luego había que visitar la del PSOE, la de la CNT, en la que se bailaba con ruidos prestados de otras casetas, la del MCA, con sones de Triana por los aires, o La Malva de las feministas y de la Asamblea de Mujeres, donde los hombres no estaban prohibidos. Y El Abrevaero, caseta de entrada restringida y aire acondicionado, que se convirtió en el sueño posible del amanecer, una suerte de paraíso sin cortapisas para los distintos credos y convicciones. Su talante liberal atrajo, en la alta madrugada, a políticos de todas las ideologías y a periodistas que oficiaban una especie de aquelarre en el que se conjuraban contra cualquier intolerancia. Cuando la feria era el mejor pretexto.

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