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Diario Córdoba

Antonio J. Mialdea

desde la periferia

Antonio J. Mialdea

La vida en el aula

«Se rige por una serie de fuerzas que se encuentran mucho más allá de las explicaciones habituales»

Hay quien aún piensa, equivocadamente, que la vida dentro del aula es una constante estable. Hay quien aún mide, más equivocadamente aún, la vida del aula por el número de éxitos o fracasos obtenidos a lo largo de un curso; fracasos y éxitos que, por otra parte, siempre son medidos en relación única y exclusivamente con el ámbito estrictamente académico y, si me apuráis, con el ámbito moral, actitudinal. Pero la vida del aula es lo más lejano a un microcosmos estable. Al igual que ocurre con la vida de nuestro Universo, sólo quien está cerca de un meteorito que choca contra algún planeta lejano o contra algún asteroide, sólo quien está cerca de una explosión de fuego, se percata de este acontecimiento. Para quien está lejos de todo esto, la sensación es de absoluta estabilidad y sólo de cuando en cuando recibe una información resumida y en la mayoría de los casos muy sesgada de lo que ocurre tanto en nuestro Universo como en la vida dentro del aula, asunto que me convoca hoy aquí contigo lectora y lector.

La vida dentro del aula se rige por una serie de fuerzas, por unos poderes casi sobrenaturales que se encuentran mucho más allá de las explicaciones habituales que todavía algunos creen a pie juntillas que deberían ocurrir. Estos del guión preestablecido, contante y repetitivo, que merecen sin duda todo mi respeto y cariño, suelen fundamentar su camino hacia el éxito o el fracaso en base a sus resultados académicos y en el comportamiento ejemplar de su pequeño planeta. Más que un aula, poseen un laboratorio de datos que con la frecuencia temporal establecida presentan ante el resto de docentes como gallinas cluecas orgullosas de sus polluelos y algo más cabizbajos si ni lo académico ni lo actitudinal acompañan. Pero ambos, lo académico y lo actitudinal son extremos de la cuerda de lo que de verdad ocurre en la vida dentro del aula.

Entre lo académico y lo actitudinal y justo cuando el docente atraviesa el quicio de la puerta que lo conduce al interior del aula, me refiero ahora sobre todo a la secundaria y al bachillerato, enseguida se acercan tres embajadores a darte la bienvenida y a invitarte a que aparques tu programa (ellos pagan el coste del parking) porque acaban de realizar un examen que los ha situado poco menos que a las puertas del mismísimo infierno y necesitan un tiempo de recuperación que, vaya casualidad, coincide con el intervalo de tiempo que tienes que estar tú allí de visita. Si logras sortear a los tres embajadores, te vendrán estos mismos u otros tres para definir en qué va a consistir hoy el guión de tu visita que será exactamente sentarte en tu silla (ojalá la tuya, colega docente, sea cómoda) y dejar que ellos y ellas preparen un examen que (vaya casualidad) se celebra justo en la hora que viene después de la tuya. Si aún así has logrado sobrevivir a esta especie de pequeña guerra de las galaxias, enseguida comenzarán a revolotear alrededor de ti pequeños satélites con mensajes muy variopintos: necesito ir al servicio que no puedo más, necesito ir a librería a por unas fotocopias (que es bastante útil porque te ahorran de paso el que tú vayas si tienes que recoger algo), necesito esto, necesito lo otro... Incluso están aquellos, como mi Laura, que como nunca tiene una necesidad de nada, te solicitan a ti amablemente que les crees alguna necesidad con enunciados interrogativos del tipo: ¿tiene usted algo que mandarme y que pudiera realizar? ¡Atención! Siempre que sea fuera del aula, claro. Además de esto y si todavía te mantienes firme y consigues comenzar a desarrollar el guión preestablecido, el que tú traes ¡vamos! (quien lo consigue siempre presume de imponer su autoridad por encima de cualquier choque de meteoritos), entonces ya desaparecen los embajadores y comienzan los pequeños asteroides individuales. Uno o una con lágrimas en los ojos por el examen anterior que le ha salido horrorosamente mal, o por el examen posterior que no han preparado con la suficiente solvencia. Uno o una con lágrimas en los ojos porque justo en ese momento les ha dejado el noviete o la novieta (en la mayoría de los casos ocurre cuando el noviete deja a la novieta) ¡Que los varones heteropatriarcales no lloran! Otro u otra a quien el de al lado le ha pegado un «cosqui», o también está al que le han escondido la mochila o al que le ha desaparecido la calculadora. Vosotros podéis seguir completando el listado.

Mientras tanto, quien atraviesa el quicio de la puerta y entra en ese microcosmos que es el aula sigue empeñado en que durante lo que dura un curso escolar esos meteoritos en choque permanente y en inestabilidad eterna crezcan como seres humanos en libertad, en igualdad, en justicia, en dignidad y aumenten sus conocimientos académicos.

*Profesor de Filosofía @AntonioJMialdea

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