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Diario Córdoba

Joaquín Pérez Azaústre

Los nadadores

Lo leí hace años sin saber que yo iba a escribir una novela titulada así

Cómo recuperar nuestro lado salvaje, cómo darle origen y sentido a esa delicadeza de existir sin dejarnos robar la plenitud. Nos dejamos atrás, nos vamos alejando de nuestro paso firme, de nuestro rastro erguido, de esa seguridad que te alimenta: hasta dónde llegar, cómo empujas el viento de los deseos posibles. Recuerdo un relato de Fitzgerald titulado ‘Los nadadores’ que me funciona ahora como un pasadizo, y en varias direcciones. Lo leí hace años sin saber que yo iba a escribir una novela titulada así. He tenido la tentación, antes de comenzar a enlazar frases, de volver a leerlo. Y he estado casi a punto, pero no: quiero recuperar lo que me quede, quiero dejar que el aire que aún me envuelve cuando trato de hilar imágenes difusas me conduzca de nuevo a ese momento. Sí creo saber que lo leí en el 2000, en una antología que encontré en la Cuesta de Moyano. Cuántos sueños ahí, en esa sucesión de mesas y casetas con palabras de otros, dejadas sobre el vértigo del tiempo. El título del libro era definitivo, de los relatos y de la biografía de Scott Fitzgerald: ‘El precio era alto’. Pues sí, me digo ahora: justo así debe ser. Si nuestro precio es alto, si el precio de la fuerza que nos sale del pecho es en verdad alta, no debemos pensar en el abismo, sino saltar en esa dirección, yendo a por todas. Aunque, si el precio es alto, como diría Budd Schulberg, la caída será mucho más dura. Sin embargo, cómo dejar pasar los días y noches sin vivir eso así, con la necesidad de recobrar las páginas doradas que evoco cuando pienso en ‘Los nadadores’ de Fitzgerald. Manejo mi lectura, o las huellas que aún queden, trato de hacer una nueva sustancia literaria con ella: el tiempo que ha pasado, el hombre que yo era y el que soy. Lo que resulta más interesante del proceso es tratar de anudar lo que recuerdo, que tiene que ver con mi manera no ya de entender, sino de aproximarme, no solo a la lectura o la escritura, y no solamente el arte, sino a tanta vida.

La vista es un sentido principal; pero lo sensorial es mucho más. Ahora cierro los ojos, entro en el relato: huelo el salitre y lo siento caer en mis hombros como una brisa ardiente al mediodía. Escucho el oleaje y percibo el cuerpo lento del protagonista. Es un hombre que ha dejado atrás sus emociones y conoce de pronto a una muchacha que no se las despierta, o quizá no todavía; pero le hace saber que están ahí. Vivas. Ahora creo que estoy mezclando el argumento de ‘Los nadadores’ con su novela ‘Suave es la noche’, y puede ser: porque Fitzgerald, como tantos escritores norteamericanos de entonces, ensayaban antes las ideas de sus novelas en los relatos cortos que publicaban en revistas de gran tirada. Pero por favor, dejemos atrás el argumento: no olvidemos que las obras de arte, al menos en un primer momento --que puede durar mucho-- no hay que comprenderlas, ni hay que clasificarlas, sino solo sentirlas. Es casi como todo lo bueno que la vida te ofrece: siéntelo primero antes de analizarlo. Da igual que estemos ante un texto, ante una imagen, ante un poema difícil, ante una melodía o una canción en un idioma ajeno: no necesitamos tener todos los datos, no necesitamos comprenderlo todo, pero sí conducirnos hacia el lugar extraño y misterioso que se nos ha ofrecido, desde el que nos convocan. Percibe, siéntelo. Dime qué te dice, date la libertad para saber que no todo tenemos que entenderlo.

Un dejarse llevar únicamente. Eso es lo que me queda del relato: un hombre que mira el mar y que luego se va, regresa hacia su vida. Pero algo le ha ocurrido al entrar y nadar unas brazadas, algo le ha sucedido al ver salir del agua a dos bañistas con flotadores grandes, azul y verde, aunque el brillo del sol sobre sus ojos le hace bajar los párpados y la imagen se va difuminando, con un temblor final sobre la arena. Aún no ha puesto nombre a su transformación, pero la siente. Eso es el relato de Fitzgerald: una fulguración de lo que un momento puede hacernos, con su batir de las olas hacia la lejanía.

Nuestro lado salvaje es el destello que aún somos nosotros. Ideas como barridos de la eternidad, instantes plenos: esas tardes fugaces de domingo al regresar del campo o de la playa, mientras los adultos ordenaban la vida y la nuestra de pronto se internaba debajo de la tierra, llegando a Fraggel Rock. Y qué era Jim Henson, sino otro nadador en imaginaciones duraderas. Otro bañista errante que nos hizo tocar la edad de la inocencia, dejándola flotar sobre las olas poco antes de caer bajo el sol de la noche. 

*Escritor

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