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Diario Córdoba

El padre Luis Aguilera, prior de la comunidad de carmelitas descalzos de Las Ermitas, en una imagen tomada en el año 2008. A J GONZÁLEZ

Se nos ha ido el padre Luis. El padre Luis Aguilera. Carmelita descalzo. Se nos ha ido otra luz, otra bondad, otra ternura. Porque él siempre acogía con su bondad y con su ternura. A veces, yo llegaba a las Ermitas cuando la tarde dejaba su último sol sobre las viejas losas del umbral. Tras la cristalera de la portería, vislumbraba al padre Luis. Enseguida él salía, me saludaba, me abrazaba, y mi alma comenzaba a adentrarse por la paz, y me sobraba todo lo que no fuera vivir en ese instante; se me disipaban por completo los ajetreos y nieblas que traía de Córdoba. Los campos descansaban del bregar del día. El corazón de Jesús extendía sobre ellos su mano bondadosa. Quizás, muy lejos, en alguna vaguada, cantaba un pájaro perdiz. De vez en cuando venía una brisa dulce, entraba a las Ermitas y se perdía por el paseo de los cipreses. El padre Luis y yo charlábamos de cualquier cosa. Mi alma se atragantaba a veces por todo lo que le quería comunicar. ¡Llegaba yo tan deseoso de la hermandad que el padre Luis me regalaba! Él me acogía desde su barba encanecida, desde su sonrisa serena, desde la inmensa sabiduría que le daba su vitalidad tan joven. Ahora esa llama es toda espíritu con el espíritu del Padre. El padre Luis me enseñó a comprender el sufrimiento cuando entregamos nuestro amor. Me decía: “Se sabe que el Señor nos ha encomendado una misión cuando vemos que no podemos más, que no podemos resistir más, y sin embargo seguimos”. Y me lo decía con la certeza de su persona, porque eso era lo que él había hecho con su vida: escuchar la misión que le encomendaba el Padre y entregarse a ella. Él era otro sarmiento unido a la vid de Jesús. Él me enseñó que sin Jesús, cualquier empresa que iniciemos está condenada al fracaso absoluto, cualquier pesca que acometamos. Porque tenemos que vivir en el mundo donde el Mal ejerce su dominio y extiende su tiniebla. Pero el padre Luis también me enseñó que “una luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la ha extinguido”. Ahora somos nosotros los que recogemos ese testigo para dar testimonio de esa luz. No podemos permitir que nos maten este patrimonio; tenemos que sostenerlo hasta dejarlo en manos de los que nos sigan. Porque el padre Luis era la permanente juventud que se requiere para dar la vida por amor.

* Escritor

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